Arquitectura barroca

Fachada del Palacio de Dos Aguas, en Valencia, un ejemplo de arte barroco

El desarrollo de la arquitectura europea durante el siglo XVII va estrechamente unido a las transformaciones urbanísticas que sufrirían a partir de entonces las ciudades. No se trataba tan sólo de hacer edificios acordes a un estilo sino de crear nuevos y grandiosos entornos que los hicieran posibles.

La característica más general y singular de la arquitectura barroca ha sido posiblemente su tendencia hacia la complejidad. A ello contribuyó la capacidad para crear movimiento y espacios dinámicos y la búsqueda de la luz mediante la importancia concedida a la decoración, la cual, a su vez, aumentaría la belleza de los edificios. Efectismo y teatralidad son otros adjetivos que se podrían aplicar a la creación de nuevas tipologías de edificios y la subordinación de otras disciplinas artísticas a la arquitectura, otro rasgo esencial del momento.

El urbanismo giró en torno al centralismo político y la figura de los monarcas, que hicieron uso de las ciudades para expresar su poder y magnificencia. Por ello, la estructura urbana se desarrolló acorde con los deseos de los reyes por destacar; la configuración de un centro urbano al que dan largas avenidas produciendo grandes perspectivas y las plazas fueron algunos de los principales elementos del nuevo diseño.

Arquitectura barroca en Italia

Italia fue, una vez más, el país que aportó los arquitectos y novedades más representativas del nuevo estilo arquitectónico. Para ello fueron fundamentales las aportaciones de Gian Lorenzo Bernini y Francesco Borromini, dos artistas que, además de destacarse como los grandes arquitectos del Barroco italiano, crearon una corriente de seguidores que enriquecería más todavía el panorama artístico italiano.

La principal diferencia que se puede atribuir a la arquitectura barroca italiana respecto de la renacentista es la complejidad frente a la sencillez, tanto desde el punto de vista estructural como decorativo, que afectó a plantas, cúpulas, elementos sustentantes, etc. A ello se unió una nueva concepción dinámica del espacio, donde se producía una perfecta adecuación y convivencia de los distintos elementos al conjunto; una transformación a la que se unió gran variedad de ornamento y nuevas formas. Al mismo tiempo, los edificios dieron cada vez más importancia a la decoración interior, diversa, colorista y recargada. Una característica que se extendió a las fachadas, las cuales abandonaron la austeridad y armonía precedente para “salir hacia fuera” mediante las formas curvilíneas y los huecos, artífices del dinamismo y los juegos de luz.

El principal foco de desarrollo e innovación arquitectónica en Italia durante el siglo XVII fue Roma. En esta ciudad se produjeron, por un lado, trascendentales cambios urbanísticos, muy acordes con los ideales barrocos; por otro, los que afectaban a transformar el aspecto de la ciudad, empleándose para ello un extenso aparato ornamental que incluía, aparte de las nuevas aplicaciones en las fachadas, una gran producción de fuentes, monumentos, jardines, etc. El diseño urbanístico proyectaría ahora largas avenidas que conectarían plazas, creando un trazado de diagonales y perspectivas en sintonía con la nueva concepción espacial barroca.

Parte de los cambios en el paisaje urbano se debieron al nuevo desarrollo que adquirieron las fachadas como integradoras de los edificios en el entorno, enriqueciéndolo y contribuyendo a aumentar la belleza y el lujo de las ciudades. De hecho, la arquitectura italiana fue la arquitectura de las fachadas y de ahí el enorme desarrollo de las llamadas “fachadas pantalla”. Entre las más representativas del Barroco italiano está la de la iglesia de Santa Susana, de Carlo Maderno. Realizada entre 1595 y 1603, se basó en el modelo de la fachada del Gesù de Roma, de Giacomo della Porta, pero realzando los volúmenes y ganando así en claroscuro y plasticidad.

Escalera Regia del Palacio del Vaticano, realizada por Bernini

Todas estas transformaciones no habrían sido posibles sin el poderoso genio de Bernini. Él fue a la vez arquitecto y urbanista, y muchos de los cambios y novedades sufridos por la ciudad en esta época salieron de su talento de proyectista. Entre sus obras más célebres y monumentales se encuentran, en el terreno urbanístico, la columnata de San Pedro, la Plaza del Popolo y la Plaza Navona; sus trabajos arquitectónicos más destacados fueron la fachada de la Basílica de San Pedro, la Escala Regia, el Palacio Barberini o San Andrés del Quirinal.

Otro de los temperamentos arquitectónicos romanos y rival de Bernini fue Borromini, que supo romper con la tradición renacentista y concebir los edificios de forma completa, diseñando desde las plantas hasta los últimos detalles gracias a su gran capacidad técnica. Tras haber trabajado junto con Maderno, su primer encargo de entidad fue la iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane (1641), donde también se hizo cargo del claustro. Lo que más llama la atención de este proyecto es la unidad y perfecta adecuación entre la concepción espacial y su desarrollo decorativo. En el oratorio de los Filipenses, Borromini proyectó una única fachada cóncava de telón típicamente barroca. El que quizá fue su proyecto más complejo y espectacular fue la restauración y transformación de la iglesia de San Juan de Letrán, al cual le seguirían la iglesia y convento de Santa Maria dei Sette Dolori, la iglesia de Sant'Agnese, la reforma de San Giovanni in Oleo, la capilla de los Magos, el Colegio de Propaganda Fide y el campanario de Sant'Andrea delle Fratte, entre otras.

Junto a Bernini y Borromini, en Roma trabajaron otros arquitectos de gran talento, como Pietro de Cortona, Carlo Fontana, Carlo Rainaldi, Francisco de Santis y Nicola Salvi.

La arquitectura del también pintor Pietro de Cortona (1596-1669) se caracterizó por ser una síntesis de los planteamientos de planta centralizada del cinquecento con el dinamismo y sentido plástico del Barroco. Entre sus obras más destacadas se encuentran el pórtico de Santa María de la Paz y la reconstrucción de la iglesia de San Lucas en el Foro romano.

El trabajo de Carlo Rainaldi (1600-1650) fue importante por la realización de las dos iglesias que hacen de entrada al tridente de calles proyectado por Bernini desde la plaza de Santa Maria del Popolo, que supone una de las intervenciones urbanísticas más ambiciosas proyectadas en Roma durante este periodo.

Fuera del ámbito romano, las principales figuras arquitectónicas fueron Baldassare Longhena, Guarino Guarini y Filippo Juvara.

Baldassare Longhena (1598-1682), como veneciano que era, concentró lo mejor de su trabajo en esta ciudad. Su estilo se caracterizó por tomar como punto de partida la arquitectura clásica de Andrea Palladio y Sansovino y adaptarla al barroquismo espacial de Bernini y Borromini. Perfectamente integrados en la ciudad, sus edificios mostraron una gran riqueza plástica exterior y una capacidad para combinar en el interior diferentes colores con elementos y formas clásicas. Su obra más conocida es la iglesia de La Salute (1687), famosa entre otras razones por las grandes volutas que decoran el exterior.

Guarino Guarini (1624-1683) desarrolló su trabajo en la región del Piamonte. Sus modelos arquitectónicos partieron de Roma y en especial de la obra de Borromini, que aprovechó para desarrollar un estilo monumental muy del gusto absolutista del momento. Sus mejores edificios son la iglesia de los Padres Somaschi, en Mesina; la Inmaculada Concepción, en Turín; el proyecto para Santa María Ettinga, en Praga, y la iglesia de Santa María de la Providencia, en Lisboa.

Filippo Juvara (1678-1736) fue a la vez arquitecto y escenógrafo. Su estilo, muy variado, estuvo siempre a caballo entre lo clásico y lo barroco en su vertiente más tardía y académica. En 1735 llegó a Madrid, donde proyectaría los palacios de la Granja de San Ildefonso, el Real de Aranjuez (que fue terminado por Sacchetti) y el nuevo Palacio Real de Madrid, que no construyó. Previamente, en Italia, realizó la basílica de Superga, en Turín y, más importante, la ampliación de esta ciudad a través de una concepción ortogonal que incluía edificios como el palacio Martini di Cigala, los barrios militares y la iglesia del Carmine, donde fundió la tradición romana con la francesa.

Arquitectura barroca en Francia

La concepción barroca de la arquitectura francesa fue diferente que la italiana. En términos generales, el estilo se mostró más austero y menos complicado; las plantas se trazaron de forma más sencilla, las fachadas presentaron mayor sobriedad, las proporciones fueron más equilibradas y el aparato ornamental menos excesivo, lo que contribuyó a que los contrastes del lenguaje y sus elementos fueran menos bruscos.

Por otra parte, la monarquía absolutista sería la institución que marcaría las pautas estilísticas a seguir, que pondría siempre a su servicio, buscando su enaltecimiento y demostración de poder. Durante el reinado de Luis XIII se creó la Academia para el Fomento de las Artes y las Ciencias.

La gran obra arquitectónica, el palacio de Versalles, junto con la recuperación de París, mermada tras las guerras, fueron los grandes retos de la arquitectura y el urbanismo respectivamente. París concibió su nuevo urbanismo de forma monumental para responder al modelo de política centralista que imponía la monarquía absolutista. Se proyectaron las grandes plazas de los Vosgos, Vendôme y del Delfín, a las que desembocaban largas e imponentes avenidas. También cobraron gran importancia, además de por su sentido monumental, los jardines, que aportaron belleza y orden al entorno.

Los arquitectos que trabajaron en París conocían bien el tipo de arquitectura que se estaba haciendo en Italia, y muchos de ellos aplicaron estos conocimientos al tipo de arquitectura francesa que el régimen exigía, sin que por ello perdiera la sobriedad que la caracterizó.

Jaques Lemercier (1585-1654) fue quien, tras pasar por Italia, mejor aplicó el clasicismo aprendido, realizando una arquitectura consistente, elegante y mesurada, como demostró en la iglesia de la Sorbona de París, o en la capilla de Val-de-Gracê y la iglesia de Saint-Roch.

En la misma línea se situó Francois Mansart (1598-1666), que supo combinar el lenguaje de la arquitectura francesa del siglo XVI con el gusto italiano, realizando una arquitectura regular, simétrica y clara en sus planeamientos.

Louis le Vau (1612-1670), arquitecto real, partió del barroco clasicista de Mansart para evolucionar luego hacia el más barroco de grandiosidad espacial, volúmenes y sentido escenográfico.

Otros arquitectos al servicio del rey fueron Jules Hardouin-Mansart, Jaques-Francoise Blondel y Liberal Bruant.

Arquitectura barroca en España

Por influencia del estilo herreriano, la arquitectura en España fue más, si cabe, sobria que en Francia; austera, clásica y con mínima ornamentación. Esto se debió, en parte también, a la crisis económica, que obligó a trabajar con materiales de poca calidad, a pesar de que siempre se mantuvo una búsqueda por el lujo, aunque sólo fuera en apariencia. Donde más se pudieron percibir los cambios fue en los edificios religiosos, ya que la Iglesia tenía el poder económico suficiente para llevar a cabo las necesidades de renovación que, por otra parte, imponía la Contrarreforma.

En cuanto al urbanismo, tampoco, a excepción de Madrid, donde el arquitecto Juan Gómez de Mora (1586-h.1648) desarrolló la Plaza Mayor en 1620, se produjeron los cambios tan radicales que experimentaron las otras ciudades europeas, mucho más prósperas económicamente. A diferencia de París, Madrid, como capital del reino, desarrolló una tímida arquitectura, donde la sencillez primaba en los nuevos edificios religiosos. No obstante, Gómez de Mora proyectó importantes edificios como la reconstrucción del Alcázar de Madrid, la Cárcel de Corte y el Convento de la Encarnación. Fuera de Madrid, Mora ejecutó el imponente palacio del duque de Lerma, cerca de Burgos, así como importantes casonas en Valladolid, Salamanca y norte de Castilla, ciudades a las que, como Madrid, también llegó el estilo churrigueresco.

Alonso de Carbonell (?-1660) realizó, con la misma sobriedad que caracterizó a Gómez de Mora, otro importante edificio madrileño, el palacio del Buen Retiro, para recreo y descanso de la Corte.

Pedro de Ribera (1683-1742), sin embargo, se alejó de la austeridad de los anteriores para practicar en Madrid una arquitectura más dinámica y decorativa propia del barroco. A este estilo pertenecen obras suyas como la ermita de la Virgen del Puerto, la fuente de la Fama, el cuartel del Conde-Duque, la fachada de la iglesia de Montserrat y el Hospicio de Madrid.

A este sentido más barroco de la arquitectura se adhirieron también otras figuras como Francisco Bautista, Pedro Sánchez o Pedro de la Torre.

Otro foco arquitectónico importante fue el andaluz.

Leonardo de Figueroa (1650-1730) trabajó en Sevilla realizando una arquitectura donde mezcló influjos italianos, sobre todo de Serlio, con los elementos constructivos y decorativos propios de la arquitectura sevillana.

Otra línea fue la llevada a cabo por Francisco Hurtado (1669-1725), que puso en práctica un barroquismo típicamente decorativo, empleando para ello lujosos materiales como mármol o bronce y elementos constructivos como las columnas salomónicas. La adecuación entre pintura y escultura, el uso de formas curvilíneas y la armonía decorativa lo situaron como uno de los arquitectos españoles más ortodoxamente barrocos.

En Andalucía trabajaron otros destacados arquitectos como Ignacio de Sala o López de Rojas.

En Galicia se dio una arquitectura diferente respecto al resto de España, caracterizada por el uso de materiales como el granito y el desarrollo de edificios tanto civiles como religiosos.

Domingo de Andrade (1639-1712) fue maestro de obras de la catedral de Santiago, para la que proyectó, entre otras obras, la bellísima torre del Reloj.

Catedral de Santiago de Compostela

Fernando de Casas Novoa (1700-1749), tras un periodo en el que recuperó las formas renacentistas, por influencia de la obra de Andrade adoptó el estilo Barroco, como demuestran obras como la capilla de Nuestra Señora de los Ojos Grandes en la catedral de Lugo o, más importante todavía, la fachada del Obradoiro de la catedral de Santiago de Compostela. En esta obra quiso conjugar lo medieval con lo clásico, iniciando el estilo ecléctico que caracterizó a los arquitectos del norte de Europa.

Arquitectos gallegos importantes fueron también Ferro Caveiro o José Peña y Toro.

Esquema de la Arquitectura barroca

El desarrollo de la arquitectura barroca de la Europa del siglo XVII está ligado a las transformaciones urbanísticas que sufren las ciudades de la época.

La característica más singular de la arquitectura barroca es su tendencia hacia la complejidad. Se trata de una arquitectura llena de efectismo y teatralidad que busca crear espacios dinámicos y bellos.