Arquitectura neoclásica

Iglesia de Sainte-Geneviève, por Jacques Germain

Uno de los preceptos de esta arquitectura consistió en, además de ser enormemente representativa desde el punto de vista estético del nuevo orden clasicista, añadir un sentido práctico y útil para el hombre. Así se explica la construcción de edificios de carácter monumental destinados a mejorar la vida de la gente. Esta vuelta a la razón incluyó incorporar referentes antiguos de orden y armonía, presentes en Grecia y Roma, así como en otras civilizaciones, como la egipcia.

La arquitectura y el arte en general estuvieron apoyados por un corpus teórico donde se expusieron las nuevas ideas, basadas principalmente en la funcionalidad y en la eliminación del excesivo aparato decorativo barroco y, mayor todavía, del Rococó. Se trataba ahora de crear edificios empleando la lógica y la razón, donde cada elemento, ya fuera constructivo, decorativo o espacial tuviera su función y utilidad. Estas ideas las defendieron sobre todo el italiano Fancesco Malizia, en su obra Principi di Architettura Civile (1781), y el abate francés Marc-Antoine Laugier a través de sus Essai sur l´Architecture (1753) y Observations sur l´Architecture (1765).

La arquitectura neoclásica se puede dividir en tres tipos. El primero es aquel en el que los edificios monumentales parten de manera evidente de ejemplos procedentes de Grecia y Roma, tomándose el modelo de templo clásico para, en este caso, adaptarlo a la arquitectura civil. Los Propíleos de la Acrópolis de Atenas, por ejemplo, inspiraron la construcción de edificios como la Puerta de Brandenburgo, en Berlín (1793), el Downing College de Cambridge (1806) o el Propyläon, en la Köningsplatz de Múnich. La Linterna de Lisíscrates sirvió al arquitecto y arqueólogo inglés James Stuart para su monumento del mismo nombre en el parque de Shugborough, en Staffordshire. Los también ingleses hermanos Adams crearon el estilo decorativo de interiores llamado Adam Style, cuyos motivos eran extraídos de los diversos hallazgos arqueológicos; un ejemplo es el pabellón de Osterley Park, en Middlesex (1779).

Italia tardó más tiempo en recurrir a la antigüedad como inspiración de la nueva arquitectura, comenzando esta práctica a finales del siglo XVIII para extenderla también durante la primera mitad del XIX. El Panteón de Roma sirvió de modelo a templos como el de la Gran Madre de Dio en Turín (1831), y las iglesias de Ghisalba (hacia 1822) y San Francesco di Paola (1831), ambas en Nápoles.

La segunda categoría la recogerían los arquitectos denominados “utópicos”, que pusieron en práctica un tipo de edificio basado en las formas geométricas, que a veces combinaban de manera caprichosa pero sin perder las referencias clásicas de simetría y monumentalidad. Los más representativos de este estilo fueron los franceses É. L. Boullée (1728-1799) y C. N. Ledoux (1736-1806). Del primero destaca sobre todo el cenotafio de Newton, que realizó partiendo de la esfera, por considerarla la forma geométrica perfecta. A Ledoux pertenecen edificios de la ciudad industrial de Las Salinas de Arc-et-Senans, de planta circular.

La tercera categoría de arquitectura es la pintoresca, que parte del “desorden” natural típico del jardín inglés dieciochesco. A éstos se incorporaban arquitecturas, templetes y otros edificios típicamente clásicos, aunque en ocasiones también emulando las construcciones medievales, chinas o indias, creándose así una armónica convivencia entre naturaleza y arquitectura. Ejemplos de estas combinaciones son el Strawberry Hill (1756), en Twickenham (Inglaterra), que retomaba el estilo Gótico; los jardines de Kew, en Londres (1763), donde aparece una pagoda china; o los Stourhead Gardens, en Wiltshire, complejo que incluye un templete circular y otros edificios de orden clásico.

Arquitectura neoclásica en España

El caso español reviste una especial singularidad en el panorama europeo. Ello se debió al afán renovador de los reyes (y en especial de Carlos III, prototipo de monarca ilustrado), que pusieron un gran énfasis en renovar la arquitectura y los monumentos de las ciudades con la intención de dar una nueva imagen al país, mejorar las condiciones de vida de la población y engrandecer sus poderes de soberanos. Un proyecto que no se redujo meramente a la renovación arquitectónica, sino que debía ir unida al desarrollo de infraestructuras urbanas, como alcantarillado, calles, iluminación, aguas, jardines, cementerios y demás servicios.

Desde el punto de vista teórico, la arquitectura retomó los tratados de Vignola, Andrea Palladio o Serlio, cuyas ideas se fusionaron con el conocimiento y análisis de los nuevos yacimientos arqueológicos descubiertos; en ambas fuentes se inspiraron los grandes arquitectos que trabajaron en España durante el siglo XVIII, auténticos protagonistas de la renovación que se iba a producir. Además de esto, sería la Academia de San Fernando, creada por el rey Fernando VI en 1752, la institución que dictaría las normas y pautas a seguir por la arquitectura a partir de ahora.

Diego de Villanueva (1715-1774), director de arquitectura de la Academia, publicó en Valencia Colección de diferentes papeles críticos sobre todas las partes de la Arquitectura, un libro muy en la línea del elaborado por otro de los tratadistas defensores de las tesis neoclasicistas, el ya citado Marc-Antoine Laugier. Como arquitecto, reformó el palacio Goyeneche en la calle de Alcalá de Madrid, que a partir del momento sería sede de la Academia de San Fernando en 1773, transformando la decoración de la fachada barroca del proyecto de Churriguera.

Ventura Rodríguez (1718-1785) tuvo una evolución desde el Barroco. En él influyeron sobre todo los arquitectos y escultores italianos del Barroco Gian Lorenzo Bernini y Francesco Borromini, de ahí que su primer lenguaje continuara la línea marcada en el XVII. Sin embargo, progresivamente fue derivando hacia el clasicismo siguiendo un estilo sobrio parecido al herreriano. Entres sus obras más emblemáticas están la remodelación de la basílica del Pilar de Zaragoza, a la que añadió una capilla exenta, el convento de los Agustinos Filipinos de Valladolid, o la espectacular fachada de la catedral de Pamplona, que realizó poco antes de morir.

Francesco Sabatini (1721-1797) fue el gran arquitecto de Carlos III, quien lo trajo desde Nápoles para llevar a cabo sobre todo su gran proyecto de embellecer Madrid y alrededores, realizando arquitectura civil y militar. Además de ello, también se encargó de construir gran número de obras por toda España, como la catedral de Lleida, la fábrica de armas de Toledo o el trazado urbanístico del pueblo de San Carlos, en Cádiz. En Madrid, Sabatini proyectó la escalera principal y los hermosos jardines del Palacio Real, la Puerta de Alcalá (1776), el edificio de la Aduana en la calle de Alcalá y el Hospital General (1781). Su estilo, importado desde Italia, guardaba relación con el racionalismo del Barroco más clasicista, por lo que su arquitectura no llegó a mostrar una rotunda tendencia neoclásica desde el punto de vista más ortodoxo de la palabra.

Tras la sucesión de unos arquitectos cuyas formas aún guardaban reminiscencias del Barroco, surgió una generación que practicó una arquitectura más racional, sobria y acorde con los ideales clásicos.

Quien mejor representó la vertiente neoclásica de la arquitectura y supo entender las normas establecidas por el rey fue Juan de Villanueva (1739- 1811), hermano menor de Diego. De sus manos salieron los más importantes proyectos del momento, como las casas de los Oficios, de Arriba y del Príncipe, en El Escorial; la Academia de Ciencias (hoy Museo del Prado); el Jardín Botánico y el Observatorio Astronómico. Su trabajo en los Reales Sitios se extendió a Aranjuez, diseñando el jardín del Príncipe, de estilo inglés, al que incorporó construcciones como un obelisco, un kiosco chinesco de madera y un templete circular, muy a la manera del pintoresquismo desarrollado en Inglaterra. Más tarde y también en Aranjuez, un discípulo de Villanueva, Isidro González Velázquez, realizó la Casita del Labrador (1794), que llevó a cabo mediante un estilo híbrido que mezclaba las referencias antiguas y el gusto francés con el racionalismo más clásico.

Con un neoclasicismo, si cabe, más evidente que Villanueva, construyó Ignacio Haan (1758-1810), arquitecto contemporáneo suyo, el edificio de la Universidad, caracterizado por el uso de columnas jónicas y una estructura adintelada. En el Hospital de locos del Nuncio (1790), Haan empleó un tipo de distribución racionalista a la hora de disponer las funciones del edificio, para lo que tomó el modelo de planta en forma de cruz típica de los hospitales españoles del siglo XVI.

El clasicismo también tuvo muy buena acogida en el País Vasco, donde Justo Antonio de Olaguibel (1752-1718) realizó la plaza Nueva de Vitoria. Para su ejecución se basó en el modelo austero y uniforme típicamente español de plaza mayor porticada, que también puede verse en las plazas del Príncipe, en Bilbao, y de la Constitución, en San Sebastián.

Un estilo más independiente mostró Silvestre Pérez (1767-1825), continuista de la línea de arquitectos visionarios, basada en el uso de volúmenes simples e independientes. Su paso por Roma marcó el devenir de su arquitectura, pues allí pudo estudiar las grandes obras, tanto de la Antigüedad como del periodo Moderno. Las construciones que mejor le representan son el Teatro de Vitoria, el diseño de uno de los puentes sobre el Guadalquivir y las iglesias de Motrico (1798), donde adaptó el concepto de templo clásico para una parroquia cristiana, y de Mugardos (1804), en La Coruña.

Esquema de la Arquitectura neoclásica

La arquitectura del periodo Neoclásico se caracteriza por un marcado sentido práctico y útil para el hombre. Dentro de esta concepción, se construyen edificios de carácter monumental destinados a mejorar la vida de la gente.

Se busca crear edificios empleando la lógica y la razón, para lo que se incorporan referentes antiguos de orden y armonía, presentes en Grecia y Roma.