Arquitectura palaciega

    Históricamente, el palacio fue concebido, en principio, como residencia para reyes y príncipes, pero con el tiempo ha ido adquiriendo funciones de tipo religioso, político, gubernamental y administrativo. La palabra proviene de la colina Palatina de Roma, que era el lugar donde los emperadores romanos levantaban sus lujosas residencias. Como edificio, el palacio se diferencia del castillo básicamente en que este último estaba fortificado y contaba con estructuras defensivas.

    Fue al final de la edad media cuando las suntuosas residencias de las noblezas europeas empezaron a ser denominadas “palacios”; así se llamó también a la residencia del papa durante su exilio en Avignon. Finalmente, tal nombre se ha terminado aplicando a todo edificio de tamaño considerable y de apariencia imponente, ya sea de carácter público o privado; de ahí la denominación de “palacio” a edificios tan dispares funcionalmente como un palacio real o un palacio de justicia.

    Por otra parte, el hecho de que los propietarios fueran personas poderosas, el que su construcción resultara económicamente muy costosa y el gran número de horas de trabajo invertidas en su construcción, constituyen razones de las que se ha podido extraer una valiosa información acerca de aspectos no sólo arquitectónicos sino también sociales y culturales de las épocas en las que fueron construidos. Por ello, los palacios han sido siempre elementos de interés y de estudio para arqueólogos y expertos.

    Los primeros palacios conocidos fueron los construidos en Tebas por los faraones egipcios Tutmosis III (que reinó entre los años 1504 y 1450 a.C.) y Amenhotep III (que ostentó el poder entre 1417 y 1379 a.C.). Las excavaciones del de Amenhotep han sacado a la luz un muro exterior tras el cual se dispuso todo un laberinto de pequeñas y oscuras habitaciones y patios, un modelo muy repetido en la arquitectura palacial oriental de posteriores periodos. En Asiria se edificaron palacios todavía más grandes que los anteriores en Nimrud, Nínive y Khorsabad, donde el palacio de Sargón II (que reinó entre 721 y 705 a.C.) llegó a alcanzar una superficie de nueve hectáreas. Se construyó sobre una plataforma y en el interior estaba distribuido a base de dos enormes plazas centrales y otro grupo, más desorganizado, de pequeños patios y habitaciones, todo revestido de mármol y relieves en bronce.

    Los arquitectos de la antigua Babilonia, con un gran sentido de la simetría, proyectaron sus edificios a base de vestíbulos y una repetición de conjuntos de habitaciones. En los siglos VI, V y IV a.C., grandes palacios persas fueron levantados en Susa y Persépolis, donde las residencias de los reyes Darío I, Jerjes I y Artajerjes III, se asentaron sobre tres plataformas bajas dispuestas, a su vez, sobre una principal. Los palacios de Creta, Micenas, Paestum o Knossos fueron todavía más grandiosos.

    No obstante, fue en Roma y sobre todo en la parte oriental del Imperio donde los palacios alcanzaron las más altas cotas en lo que a su significado de centros del poder se refiere. En la colina del Palatino, más de noventa mil metros cuadrados fueron destinados a la edificación de grandiosos palacios para los emperadores entre el siglo III a.C. y el III d.C.

    Una nueva tipología apareció durante el auge del Imperio Bizantino. En Constantinopla, el denominado Sagrado Palacio Imperial se compuso de un conglomerado de iglesias, escuelas y residencias, ocupando una extensión de más de trescientos mil metros cuadrados. Una configuración parecida surgió también en la parte oriental de Asia, donde palacios como los de la Ciudad Prohibida de Pekín o los imperiales de Japón también consistieron en grupos de edificios, esta vez formados por pequeños pabellones en su mayoría de madera y ricamente decorados. Estos palacios contenían, a su vez, bellos jardines rodeados de muro.

    En Hispanoamérica, la erección de palacios se tornó más sencilla. El palacio maya de Uxmal (h. 900) y el de Zapotec, en Mitla (h. 1000), constaban de estructuras con una sola planta y muchas habitaciones. Tal y como ocurría en Oriente, estos palacios hacían las funciones de centro de gobierno al igual que de residencia real.

    En Europa Occidental, tras la edad media (una época en la que el palacio perdió presencia en favor del castillo), los palacios tendieron a ser edificios individuales y decorados según el estilo que imperara en el momento, siendo en muchas ocasiones emplazados en lugares de gran belleza paisajística. En la Italia renacentista, era costumbre que cada príncipe tuviera su palacio; entre los muchos que se hicieron se pueden destacar el palacio Pitti, el del Té, el Chigi o los que bordean el Gran Canal de Venecia. En Francia se erigieron grandes y suntuosos palacios reales por todo el país, mientras que en España se levantaron impresionantes conjuntos como el de El Escorial, el Palacio Real o la Alhambra de Granada. En el Reino Unido, entre los más imponentes palacios se encuentran el de Buckingham, St. James o White Hall, todos ellos empleados más como residencias que como sedes de gobierno.