Ballet

Mijaíl Baryshnikov, una de las figuras del ballet contemporáneo

Género musical representado sobre un escenario que aúna tanto la danza y el arte sonoro como los decorados escenográficos y el vestuario.

Evolución histórica

Durante el siglo XVII el ballet constituyó una parte importante en la ópera cortesana, que concedía un gran valor al despliegue lujoso de medios y al espectáculo, razón por la que las primeras óperas italianas (las Euridice de Peri y de Caccini, ambas de 1600, o el Orfeo de Monteverdi, estrenado en 1607) concluían con escenas de celebración que requieren un grupo que cante y baile; asimismo, Il pomo d'oro de Cesti (Viena, 1667) incorporaba ballets en cada uno de los actos y un triple ballet en la conclusión. En Francia el ballet era un género asentado más sólidamente que la ópera.

El ballet evolucionó como un arte independiente en Italia a lo largo del siglo XVIII, pero en las óperas italianas de la época (serias o cómicas) había poco espacio para el ballet. La segunda mitad del siglo XVIII fue testigo de movimientos reformistas en el ballet (promovidos por Franz Hilverding, Gasparo Angiolini y Jean-Georges Noverre), así como en la ópera italiana. En las óperas reformistas de Jommelli, Traetta y Gluck, el ballet y el coro, perfectamente integrados dentro de la acción, volvían a jugar un importante papel.

Representación pictórica de un ensayo de ballet, por Edgar Degas

A pesar de los numerosos cambios políticos, sociales y culturales que tuvieron lugar en Francia en el siglo XIX, el ballet siguió siendo un elemento esencial de la ópera, en particular de la gran ópera. Los ballets se valoraban por la contribución que hacían a las facetas del espectáculo o la atmósfera de la ópera.

El ballet no solía desempeñar una función destacada en las óperas compuestas por Rossini, Bellini y Donizetti. En muchos teatros italianos se ofrecían en su lugar ballets independientes entre los actos de las óperas. Sin embargo, el ballet gozó de gran repercusión en la ópera rusa del siglo XIX: Tchaikovsky, como Adam y Delibes, a quienes admiraba, compuso tanto óperas como ballets, entre los que sobresalen El cascanueces (1892) y El lago de los cisnes (1877).

La danza, aunque por lo general no el ballet clásico, ha estado presente en las óperas del siglo XX, cuya misión fundamental fue expresar el exceso emocional, como ocurre en Elektra (1909) de Strauss, Wozzeck (1925) de Berg o Moses und Aron (1930-1932) de Schoenberg. Otras óperas del siglo XX emplearon la danza de una manera más tradicional, a menudo para evocar la atmósfera de la época en la que estaba ambientada la obra.