Concierto

Imagen de un concierto

Género musical dividido en varios movimientos, concebido para resaltar la oposición entre uno o varios instrumentos solistas y la orquesta sinfónica.

Evolución histórica

En el curso del siglo XVII el término “concierto” adoptó el significado latino adicional de lucha o pelea, haciendo referencia a la futura oposición entre el o los solistas y la orquesta del concierto moderno. Durante aquel siglo las obras religiosas para voces e instrumentos solían denominarse “conciertos”, mientras que las obras profanas de un carácter similar se titulaban “arias”, “cantatas”, etc. Los conciertos sacros a gran escala para coro, solistas e instrumentos se cultivaron particularmente en Venecia, apareciendo en las colecciones de Andrea y Giovanni Gabrieli y Claudio Monteverdi. Sin embargo, fue el pequeño concierto sacro, en el que participaban de una a cuatro voces, el continuo e instrumentos solistas adicionales, el que se llevó a cabo con mayor profusión.

Desde fines del siglo XVII el concierto ya significaba una obra en varios movimientos para solista o solistas y orquesta. En su nacimiento se observan tres precedentes: el concerto grosso, el concerto ripieno y el concerto a solo. El más antiguo fue el concerto grosso, en el que un pequeño grupo de solistas (concertino) se enfrenta a una orquesta más amplia. Una segunda modalidad posterior vino dada por el concerto ripieno, también conocido durante el Barroco como concerto a 4: se trataba de composiciones para el ripieno (literalmente, “relleno”), es decir, una orquesta de cuerda y continuo pero sin partes solistas. Por último, el concerto a solo fue el más claro precursor del concierto moderno al estar compuesto de un solista y la orquesta. El compositor de conciertos más influyente y prolífico durante la época barroca fue el veneciano Vivaldi, cuyas obras establecieron como norma el ciclo en tres movimientos. La otra gran figura del concierto barroco estuvo representada por Bach, quien había transcrito nueve conciertos de Vivaldi para órgano y teclado en Weimar; mientras que al citado compositor se debieron los primeros conciertos para clave, fue Haendel uno de los primeros autores en escribir conciertos para órgano.

La época clásica trajo consigo el triunfo definitivo del concierto para solista sobre el concierto para grupo. Dos fenómenos diferentes contribuyeron a la popularidad del concierto para solista: el ascenso ininterrumpido del solista virtuoso y la creciente demanda de obras nuevas para los aficionados. La primera tendencia se manifestó claramente en el gran número de conciertos para violín escritos para uso de sus propios compositores (Nardini, Pugnani y Viotti), los conciertos para violoncello de Boccherini o los conciertos para flauta de Quantz. El clasicismo fue testigo también del advenimiento del concierto para teclado: hasta 1770 aproximadamente, el instrumento preferido era el clave pero a partir de entonces fue el piano el que comenzó a tomar la delantera. Los compositores más importantes de conciertos para teclado fueron los hijos de Bach, Wagenseil, Hofmann y, sobre todo, Mozart. Las últimas décadas del siglo XVIII trajeron consigo el salto a la fama de virtuosos del piano como Dussek o Hummel, en cuyos catálogos el concierto figuraba en un lugar prominente. Los conciertos de esta época mostraban una gran transición del estilo barroco al clásico aunque a menudo eran más conservadores que las sinfonías contemporáneas. La mayoría estaban escritos en tres movimientos, siendo frecuentes los finales en forma de danza y de rondó. Los 23 conciertos para piano de Mozart representaron el logro supremo de este género en el siglo XVIII, de la misma forma que los cinco conciertos para piano de Beethoven lo fueron a fines de aquel siglo y comienzos del XIX, aunque ampliaron al mismo tiempo tanto las dimensiones como el grado de virtuosismo.

Durante el Romanticismo se mantuvo una tradición conservadora en los dos conciertos para piano y el Concierto para violín de Mendelssohn, los conciertos de Schumann (piano, violoncello, violín), Brahms (dos para piano, uno para violín, uno para violín y violoncello), Grieg (piano), Bruch (tres para violín) y Dvorák (piano, violín, violoncello). En Rusia esta tradición estuvo representada por Anton Rubinstein, Tchaikovsky (tres conciertos para piano, uno para violín) y Rachmaninov (cuatro conciertos para piano). Una tendencia más abiertamente virtuosística aparece en los conciertos de intérpretes tan brillantes del siglo XIX como los violinistas Paganini, Vieuxtemps y Wieniawski, o los pianistas Moscheles, Chopin (dos conciertos) y Liszt (dos conciertos): estos últimos ofrecían un plan nada convencional al estructurarlos en secciones libres. El extraordinario virtuosismo de todos estos conciertos se vio facilitado por las mejoras técnicas de los propios instrumentos.

En el siglo XX numerosas obras continuaron básicamente el concepto decimonónico de concierto (y a menudo sus formas y estilos), incluidos los conciertos de Sibelius (violín), Elgar (violín, violoncello), Prokofiev (cinco para piano, dos para violín) o Bartók (dos para piano). Los atonalistas vieneses también escribieron varios conciertos destacados: el Concierto de cámara para piano, violín y 13 instrumentos de viento de Alban Berg, el Concierto para nueve instrumentos de Anton Webern o el Concierto para piano de Schoenberg.