Música africana

Una primera dificultad a la hora de analizar la música africana desde parámetros occidentales consiste en el significado diferente que para africanos y europeos ofrecen conceptos como afinación, polifonía, ritmo, melodía o percusión; valga como ejemplo ilustrativo la actitud de los africanos frente a la danza o el movimiento rítmico, posiblemente el factor que más distingue la cultura africana de las del resto del mundo.

La segunda dificultad deriva de la gran diversidad de etnias y tradiciones culturales existentes en el continente africano, además de las constantes emigraciones entre los distintos países, lo que da como resultado la no adscripción de estilos, géneros e instrumentos musicales a zonas geográficas concretas, por lo que resulta complicado poder hablar de escuelas: zonas distantes entre sí muestran características musicales similares mientras que en las mismas regiones pueden convivir tendencias dispares.

Características principales de la música africana

A pesar de ello, es posible citar una tres características principales, aplicables a toda la música africana: 1) La fusión de la música con la vida cotidiana de la comunidad. 2) La concepción de la música y la danza o cualquier movimiento rítmico como una unidad. 3) El lenguaje concebido como fuente de la que nace el sonido musical.

Por lo que se refiere a la primera de las características antes citadas, la música forma parte de la vida diaria pues las celebraciones y ritos no se entienden sin la presencia del arte de los sonidos. Dada la firme creencia en sus poderes mágicos y su capacidad de intervención en la naturaleza, la música desempeña un papel preponderante en los rituales de las distintas etnias del continente africano.

En cuanto a la íntima relación entre música y danza, se trata de otro de los rasgos propios de la música africana que lo distingue claramente de la tradición musical europea, en la cual no siempre está presente dicha relación. Para la cultura africana, el movimiento constituye una forma de participación en la comunidad. Una dificultad añadida para clasificar y analizar las danzas y los ritmos viene dada por la ausencia de una notación musical que describa mínimamente los movimientos: quizá el empleo de una sistema notacional sistemático restaría espontaneidad y frescura, dos de los elementos que caracterizan las danzas africanas. Por el contrario ha sido posible el estudio y consiguiente clasificación de algunos movimientos corporales, asociándoles con determinadas regiones del continente: como ejemplo cabe citar la región sureña de Zaire-Angola, en la que se otorga gran énfasis al movimiento de la zona pélvica. Otra diferencia sustancial entre las danzas europeas y las africanas se basa en la utilización del cuerpo en uno y otro continente: mientras que en la tradición europea el cuerpo es empleado como un bloque único, en la africana el movimiento rítmico se distribuye en varias zonas del cuerpo, tratándolas con absoluta independencia, de ahí la denominación de “policéntricos” al referirse a los ritmos corporales africanos que mediante la tradición afroamericana han ejercido una poderosa influencia en la cultura de Europa. Dicha tradición de expresión corporal rítmica no sólo define la danza en Africa, sino que también afecta a la música y a la manera de afrontar la ejecución de un instrumento, debido a la presencia constante de movimiento: además de tocar, el músico mueve las manos, los dedos, las piernas o la cabeza, ateniéndose a unas cánones rítmicos que evidencian la integración de la música con el resto de las manifestaciones vitales en la tradición africana. El hecho de que no se emplee un sistemas de notación musical no representa una deficiencia, pues ello significaría encorsetar y suprimir las necesarias dosis de espontaneidad de la música africana.

Como tercera característica, se ha citado la consideración del lenguaje como fuente de la que mana el sonido musical, incluso en el caso de utilización de instrumentos diferentes de la voz humana. Como consecuencia de la significación del tono en gran parte de las lenguas africanas, es lógico en la música del Africa negra que la melodía verbal constituya un factor esencial para la creatividad musical tanto desde el punto de vista de la imitación del sonido de la voz humana, como en el caso de un instrumento denominado oding, una flauta travesera que debe llenarse de agua antes de ser tocada y cuyo uso es exclusivamente femenino. En la ejecución del oding se alternan sonidos vocales con los propios del instrumento.

Instrumentos

Los instrumentos musicales desempeñan en las culturas de las diferentes etnias y culturas africanas una función representativa de autoridad o de prestigio social. Así, muchos jefes de tribus iban acompañados por una banda de xilófonos portátiles, lo cual era una prerrogativa y un símbolo de elevado status social, reservados a la máxima autoridad. En otros casos, el uso de un determinado instrumento se restringe a ser tañido por un grupo social o religioso, o bien por algún sexo en particular, como es el caso del ya citado oding, que sólo utilizan las mujeres.

El primer instrumento musical usado en África fue el arco con su cuerda tensada: todavía en la actualidad el pueblo humbi, que habita al suroeste de Angola, emplea una modalidad particular de arco, al que se denomina sagaya, al cual se incorpora un tensor para aumentar su calidad como instrumento musical. Para ejecutarlo, el músico apoya los labios sobre el arco y golpea la cuerda tensada al mismo tiempo que cambia continuamente la forma y tamaño de su cavidad bucal: la melodía resultante entraña un texto aunque el intérprete no cante en ningún momento. Otros instrumentos están destinados a la comunicación de ideas y tienen la capacidad de reproducir un lenguaje que toma como modelo el humano. Así por ejemplo, destaca el iya-ilu, una especie “tambor hablador”, cuya función consiste en transmitir avisos y recitar poesías de encomio (oriki); las líneas tímbricas emanadas del iya-ilu siguen fielmente los esquemas tonales y rítmicos del lenguaje humano. Por otra parte es habitual que las pautas musicales de los instrumentos se conciban y se transmitan de forma verbalizada. De la estructura fonética de dichas pautas mnemotécnicas compuestas de sílabas verbales dependerá la forma rítmica y tímbrica así como la acentuación de los sonidos.

Existe una gran variedad de tambores pero lo más característico es que cuentan con un solo parche. Están construidos para que puedan apoyarse en el suelo, para colocarse bajo el brazo o para colgarse de una correa que rodea el cuello del intérprete.

Sin embargo no son los tambores, pese a la creencia general, los típicos y más comunes instrumentos del continente africano sino los denominados laminófonos, entre los que sobresalen los xilófonos y las mbiras. Los primeros existen en una variedad asombrosa de tamaños y formas, siendo los más grandes los xilófonos de tronco, consistentes en dos pequeños troncos atravesados en los que se colocan temporalmente tablas de madera y que tocan dos o cuatro músicos; las marimbas, que suelen tener de 90 a 120 centímetros de largo y con calabazas como resonadores bajo cada una de las teclas, se utilizan profusamente. Los instrumentos más pequeños colgados del cuello del intérprete suelen utilizarse en familias con diferentes niveles de afinación. Es característica la utilización de resonadores y otros añadidos para producir un sonido sordo. El número de teclas de un xilófono varía desde 6 hasta 25 ó 30. Por su parte, la mbira, también llamada sansa, likembe, kalimba, xilófono digital, e incluso arpa kafir, y peculiar de las culturas africana y negra del Nuevo Mundo, está esparcida por todo el África subsahariana. Consta de una serie de piezas finas (lenguas) de metal o bambú unidas a un puente sobre una tabla o caja que puede colocarse en la parte más alta de un resonador, como una calabaza o cuenco, o dentro de un resonador semejante a un cajón.

Entre los instrumentos de percusión ofrecen también una gran importancia las campanas sencillas y dobles de bronce y de hierro, que se golpean con varillas metálicas; los sonajeros en forma de recipientes de mimbre, orejas de antílope o calabazas rellenas de semillas y guijarros; y objetos como nueces secas, cañas o capullos formando grupos y atados en ocasiones alrededor de los tobillos de los bailarines. Los sonajeros se utilizan también por parejas con afinaciones contrastantes.

Por lo que respecta a los aerófonos, predominan los cuernos y las flautas. Los primeros se construyen con cuernos de animales, marfil o corteza de árbol y se soplan casi siempre de lado, con el extremo estrecho utilizado como agujero para taparse. Algunos producen una o dos notas, mientras que otros tienen posibilidades diatónicas. Las auténticas flautas, transversales y verticales, y las flautas de bisel, con una gran variedad de formas de disponer los orificios para los dedos, están muy extendidas. Los instrumentos de doble lengüeta son infrecuentes excepto en la zona septentrional del África subsahariana y se trata presumiblemente de importaciones recientes procedentes de Oriente Medio.

Por último, dentro de la gran variedad de instrumentos de cuerda, el arco musical de una sola cuerda es el más destacado, ya que aparece en múltiples variedades, particularmente entre los pueblos de África Meridional, donde se toca en grupos. En su forma más sencilla, se trata de un arco de caza al que se le incorpora la resonancia sujetándolo con la boca del intérprete o apoyándolo contra su pecho, atando al palo una calabaza. La cuerda puede también dividirse en mitades desiguales para producir dos notas. A veces se utilizan dos cuerdas, y la muy extendida arpa africana (conocida como kora en algunas zonas de África Occidental), que tiene de cinco a ocho cuerdas, puede ser una descendiente directa de aquél. Las liras se encuentran en África Oriental (especialmente el krar etíope) y presentan hasta diez cuerdas. Las cítaras constituyen una importante categoría de instrumentos de cuerda, especialmente en África Central.