Música sacra

Música compuesta o considerada adecuada para ser utilizada en la iglesia, o para el culto, la oración, la meditación, la acción de gracias o la conmemoración pública o privada de los cristianos. La música sacra occidental posee una personalidad característica que la diferencia de otras músicas religiosas e incluso de sus propias raíces judeo-cristianas. Su naturaleza, sus materiales, las formas y recursos que utiliza se han ido formando de manera peculiar por factores teológicos, históricos y culturales durante más de dos mil milenios.

Evolución histórica

Desde aproximadamente el segundo milenio de la historia cristiana, el canto llano (canto gregoriano) ha sido el centro de la invención polifónica de la música occidental, una práctica quizás adaptada a partir de los usos folclóricos pero que después, primero como organum y más tarde como motete, fue evolucionando como un tropo del canto llano. La adaptación de la polifonía al canto llano es importante por dos razones: se trata del origen último de toda la música polifónica, litúrgica o de otro tipo, y da fe de la utilización inicial del canto gregoriano como cantus firmus.

La mayor parte de la música religiosa se asocia de alguna manera con un texto: como portadora de él, símbolo de él o mediadora de él. Textualmente, la Santa Biblia (Antiguo y Nuevo Testamentos) es la fuente fundamental, pero antes de que puedan utilizarla los músicos eclesiásticos, debe existir en una forma específica y en un lenguaje concreto y un estilo retórico que se consideren adecuados y autorizados para su uso eclesiástico. En su mayor parte, el estilo de prosa autorizado ha sido la Vulgata latina, obra en gran medida de san Jerónimo (hacia 342 – 420), muchas de cuyas traducciones del griego y el hebreo se conservan en los manuscritos de la Vulgata más antiguos que han llegado hasta nosotros, de comienzos del siglo VIII.

El canto gregoriano ha constituido la base del repertorio melódico de la música religiosa occidental y las colecciones más importantes de repertorio melódico que se le han unido en sucesión cronológica –melodías corales, melodías métricas del salterio y melodías de himnos– han tenido que encontrar caminos para ajustar sus propios estilos a determinados aspectos de la melodía (ante todo, la cantabilidad) que representan su importancia sustancial: el canto gregoriano es previsiblemente cantable porque sus melodías ofrecen una tesitura limitada que por lo general apenas excede de una octava y las hace por ello accesibles para cualquier voz, educada o no, y también porque están tejidas de locuciones melódicas que parecen comportar unas exigencias técnicas mínimas (afinación, intervalos) para los cantantes.

La música sacra se ha compuesto siempre en relación con las circunstancias de su interpretación: quién ha de hacerla y dónde. Los intérpretes de dicha música pueden ser uno o muchos –sacerdote o pastor, clérigo, coro, órgano, instrumentos, congregación– y la música puede hacerlos actuar por separado o conjuntamente, y desde varios puntos y elevaciones dentro y alrededor del recinto acústico. Pero una iglesia no es una sala de conciertos, ni los intérpretes de música sacra son necesariamente artistas de concierto. Así, al margen de que pueda ser deseable, la excelencia técnica en la interpretación de la música sacra no es un requisito ni tampoco puede insistirse en otros aspectos de las maneras que se observan en una moderna sala de conciertos.

Prácticamente todos los instrumentos han tenido alguna relación con la interpretación eclesiástica. Pero ninguno ha gozado, sin embargo, del prestigio que se le ha otorgado al órgano. Las formas y los estilos de la música religiosa polifónica constituyen la sustancia de cualquier estudio histórico, pero ninguno de ellos existe al margen de alguna relación con el corpus de textos y melodías, de su contenido litúrgico y de las peculiares circunstancias interpretativas de la iglesia. Todas las grandes formas compositivas que se valen de un texto (Misa, motete, cántico, himno, pasión, oratorio o cantata) son inteligibles como música religiosa sólo en términos de su función, que supone relacionados con una liturgia determinada en un tiempo y en un lugar concretos. Se trata de géneros musicales sacros que, por estilo y por técnica, guardan afinidad con los estilos contemporáneos: así, puede hablarse de estilos musicales religiosos medievales, renacentistas, barrocos, clásicos, románticos y del siglo XX.

La música sacra que se conserva de la Edad Media y de comienzos del Renacimiento es en gran medida litúrgica y en gran parte responsable de los orígenes y la evolución de la polifonía construida sobre un cantus fírmus gregoriano. Toda la música del siglo XVI se mide por su relación con el texto y su inteligibilidad, por medio de la adopción de la técnica de la polifonía imitativa y de la colocación de tensiones enormes e insoportables sobre las técnicas tradicionales del cantus fírmus.

La desintegración y reconstrucción de la polifonía en la época barroca se manifiesta en la música sacra, que toma prestada de su entorno operístico e instrumental el recitativo, el aria y el estilo instrumental concertado, incorporándolos a una textura polifónica reorganizada con o sin cantus fírmus. Hasta este momento, hablar de la mejor música religiosa es lo mismo que citar la mejor música.

A partir de 1750, la comparación se quiebra ya que la innovación estilística e imaginativa tiene lugar fuera de la iglesia, que, viéndose atrapada y arrastrada por lo que se percibe ahora como estilos profanos (la música sinfónica e incluso revolucionaria), se aparta y persigue reorientarse hacia una senda menos ruidosa y más devota valiéndose de modelos históricos (Palestrina y Johann Sebastian Bach), influencias que resultan evidentes en la música del siglo XIX.

En el siglo XX, la música religiosa ha jugueteado con lo trivial a la vez que continuaba buscando un estilo “sacro”, pero al hacer esto se ha apartado aún más, hasta fechas muy recientes, del curso principal de la evolución musical. Finalmente, la música religiosa occidental continúa haciendo frente a dificultades fundamentales cuya terca oposición a una solución definitiva puede que sea la impronta de la vitalidad de la iglesia y de la cultura, o simplemente un signo de indocilidad.