Teatro isabelino

    Se trata del teatro compuesto y representado en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVI y principios del XVII, y es llamado así por corresponder con el reinado de Isabel I (1533-1603). La intención de asentar el anglicanismo, instaurado por su padre Enrique VIII, en una sociedad tradicionalmente católica, provocó una serie de normas que afectaron directamente al teatro. Se prohibieron los autos sacramentales y la temática bíblica, por lo que los dramaturgos tuvieron que buscar nuevos argumentos a sus obras. Las diferencias religiosas también suscitaron que el Renacimiento, de origen italiano y por tanto vinculado con la Iglesia Católica, fuera mucho menos intenso en la Inglaterra de esos años.

    Como consecuencia en el teatro, se desarrolló el tipo de escena de épocas anteriores, principalmente teatro medieval de corte popular, más espontáneo y natural que las nuevas normas renacentistas. Estos dramas estaban alejados de las corrientes europeas, pero su vitalismo produjo mucho interés y cierta originalidad.

    La principal diferencia fue la orientación del teatro a las clases populares. En el resto de Europa aún no había alcanzado ese nivel y estaba reservado a las elites, mientras que en Inglaterra se convirtió ya en un arte de masas. Ello llevó a construir los primeros teatros estables. Eran edificios diseñados esencialmente para las representaciones, que por fin podían salir de las tabernas y los patios. El primero de ellos fue construido por James Burbage hacia 1576, se llamó The Theatre. En los años siguientes se construyeron hasta seis teatros más en Londres, y entre ellos estaba The Globe construido en 1599, donde Shakespeare representó sus obras.

    Estos teatros tenían forma circular o hexagonal, con palcos interiores que daban al escenario y al patio. El escenario estaba elevado por una tarima. El patio era el lugar donde las clases populares contemplaban el espectáculo. Cada uno de estos teatros podía albergar entre dos mil y tres mil personas, lo que indica el interés que este arte tenía en esos tiempos.

    Las compañías estaban formadas únicamente por hombres y los papeles femeninos los representaban adolescentes. Los vestidos eran costosos y buenos, pero la escenografía apenas existía, por lo que era el público el que tenía que imaginarse el contexto.

    La importancia del teatro fue enorme, estaba apoyado por la reina y los dramaturgos tenían con facilidad entrada en la corte para mostrar sus obras. También las clases populares iban a los teatros con gran asiduidad. Esto produjo una profesionalización de las representaciones, los actores, directores y dramaturgos pudieron vivir y se dedicaban exclusivamente a ellos.

    Las obras estaban escritas en verso, aunque había algún pasaje dialogado, también se incluía la música y la danza para amenizar los entreactos. No se vigilaban las unidades de tiempo, espacio y acción, por lo que las tramas se complicaban y se alargaban en el tiempo. Los personajes pertenecían tanto a las clases nobles como al pueblo llano. Respecto a los argumentos, al no utilizar temática sagrada, se recurría a la historia y a la mitología y muchas veces servían para mostrar cuestiones de ese momento.

    En cuanto a los dramaturgos, destacan, además de Shakespeare, la figura de Ben Jonson (1572-1637), el autor de Volpone (1607), una sátira social donde se critica la avaricia y la lujuria de la burguesía.

    Más importancia tuvo Christopher Marlowe (1564-93), cuya temprana muerte limitó su producción y también la calidad de su obra. Entre sus obras están El Gran Tamerlán (1588), El judío de Malta (1633), Eduardo II (1594) y Doctor Faustus (1604), su obra más reconocida y que fue una de las primeras en tratar el mito de Fausto.

    Sin embargo, el gran dramaturgo del periodo es sin lugar a dudas William Shakespeare (1564-1616). Pues supo aprovechar lo mejor del teatro de aquellos años para darle su propio carácter. Su obra tiene en común la fuerza en desarrollar las pasiones de sus personajes: el amor, el odio, la venganza, los celos… Las grandes fuerzas del hombre aparecen en sus tragedias clásicas e históricas. Conocedor de la condición humana, logra que sus personajes encarnen universales del ser humano y aun así no pierdan en humanidad ni individualidad.

    Su repercusión en el teatro posterior ha sido extraordinaria. La permanencia de las luchas internas de sus personajes ha mantenido actuales a todos sus dramas y prueba de ello son las numerosas versiones que se han hecho en teatro, ópera, cine y pintura. Entre su producción destaca Enrique V, Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo o El Rey Lear.