Historia del teatro

Orígenes

Tradicionalmente se ha considerado al teatro como uno de los tres grandes géneros literarios, junto con la poesía y la narrativa. Sin embargo, los orígenes de este arte se remontan a los de la humanidad y a un ámbito estrictamente sagrado. Es el único género que no precisa de la escritura, por lo que puede vincularse con el origen de las primeras manifestaciones humanas mucho antes que los otros géneros.

El teatro tiene sus orígenes más antiguos en la capacidad de reproducir mediante gestos, palabras y ruidos seres animados que se venían desarrollando en los ritos de iniciación a la caza por parte de las personas sagradas (sacerdotes o ancianos) de cada comunidad. La imitación de esa realidad la recreaba y se consideraba mágico por la creencia de asumir o reproducir su esencia. Aún se conservan, en las antiguas pinturas rupestres, la construcción de esos primeros escenarios teatrales. Dichos rituales están muy relacionados con la evolución de la religiosidad humana y aún hoy en día pueden encontrarse en muchos ritos de tribus africanas y de Oceanía, donde el sacerdote, disfrazado de animal o de dios, toma su esencia y representa su papel.

El teatro griego

El origen del teatro occidental está en la antigua Grecia, si bien también aparece vinculado a ceremonias religiosas en honor a Dionisos. La palabra proviene del griego theatrón, que significa “lugar para contemplar”, pues hace referencia a los lugares especialmente diseñados para las representaciones. Allá por el siglo V a.C., el teatro se convirtió en un elemento esencial para la cultura griega y, una vez desmembrado su carácter religioso, pasó a ser un acto social y artístico. El teatro estaba construido en la pendiente de las montañas, para aprovechar así la colocación de las gradas siempre de forma circular y centrada en la orquesta, donde estaba situado el coro y la escultura de Dionisos. Detrás, ligeramente elevada, estaba la escena, donde los actores principales actuaban.

Los actores estaban diferenciados tanto por las máscaras, que representaban al personaje y a la vez servían de altavoz debido a la boca en forma de embudo, como por los coturnos que calzaban y les hacían más altos.

El teatro griego constaba de dos géneros bien diferenciados: la tragedia y la comedia. La tragedia representaba historias solemnes, muchas veces mitológicas, donde el protagonista servía de ejemplo religioso o humano al público. Como ha llegado en expresión moderna, el protagonista o héroe siempre padecía la pena impuesta por un destino inexorable. Los grandes dramaturgos fueron Esquilo (525-456 a.C.) con Los persas, Los siete contra Tebas o la trilogía de Las orestíadas; Sófocles (495-406 a.C.), con obras como Edipo rey, Antígona y Ayax, y Eurípides (485-406 a.C.), con Medea y Heracles.

El primer teórico del teatro también data de esas fechas, hablamos de Aristóteles, que en su Poética desarrolla interesantes aspectos que llegarán hasta nuestros días. El filósofo establece como base de la tragedia la mímesis, o imitación de la tosca realidad vivida por el público. Esa igualdad produce la identificación del espectador con el héroe, que se denomina pathos. El castigo impuesto se sufre del mismo modo y se llega así a la catarsis final o sublimación de la culpa por parte del espectador al alejarse finalmente del héroe y apreciar los errores y las faltas consiguientes como ajenas. Esa catarsis constituye el fin último de la tragedia, por medio del cual el público sale reconfortado y más sabio al terminar la representación.

El otro género, la comedia, era radicalmente contrario. No tenía una función pedagógica tan acusada y más bien servía para entretener y divertir al público. Los argumentos solían girar alrededor de la crítica satírica de personalidades y dioses, chistes atrevidos y parodias deshonrosas. Su primer representante fue Aristófanes (h. 444-h. 385 a.C.), con obras como Las nubes o Lisístrata. Más tarde, destaca la figura de Menandro (h. 342-h. 292 a.C.), creador de la comedia nueva donde los personajes y las escenas eran mucho más cercanos al público y de planteamiento más realista.

Teatro romano

Los romanos asumieron el teatro griego como suyo, y de algún modo fue una continuidad. Los mismos edificios fueron imitados, con algún cambio ligero, y los extendieron a todo el Imperio. Aunque hubo obras originales, en gran parte se tradujeron las griegas o se versionaban sus argumentos, en ocasiones incluso se mezclaban dos o más de ellos en un único drama.

Al igual que en sus orígenes griegos, el teatro romano estaba también dividido en los géneros de la tragedia y la comedia, si bien la primera no alcanzó la calidad de su predecesora. Destacan las tragedias de Séneca (4 a.C.-65 d.C.), de gran calidad retórica aunque escaso sentido dramático, por lo que se piensa que fueron escritas para ser leídas antes que representadas.

Por el contrario, la comedia nueva instituida por Menandro disfrutó de seguidores con gran calidad que desarrollaron la acción cotidiana, con tintes satíricos y burlescos. Los personajes ya no eran héroes ni dioses, sino individuos de la vida diaria como el panadero, la criada o el mercader. El tono humorístico se utilizó para criticar costumbres y gobernantes, por lo que en varias ocasiones fue duramente censurado. Dos fueron los autores que destacaron en este género: Plauto (254-184 a.C.), con obras como El mercader o La Escota, y Terencio (190-159 a.C.), con Andria y El Eunuco entre otras.

Teatro medieval

Según la crisis del Imperio romano fue avanzando, el teatro perdió su carácter culto y poco a poco fue desapareciendo. Los espectáculos callejeros, formados por compañías ambulantes, sustituyeron entre las clases populares a las tragedias y las comedias, que derivaron en pantomimas donde la acción y los bailes eran su componente principal. El texto fue reducido a la simple expresión del argumento, y los personajes, repetidos a lo largo del tiempo, adquirieron su propio carácter.

Con la llegada de la edad media y el nacimiento de las lenguas románicas, el teatro volvió a resurgir. En un principio fueron obras representadas al abrigo de las iglesias, con un carácter puramente pedagógico en las que mostraban escenas de la vida de Jesucristo o de los santos. Los autores eran anónimos, probablemente religiosos, y no existían los actores profesionales, por lo que muchas veces eran los propios habitantes de pueblos y ciudades los que realizaban esta función.

Poco a poco se fueron escribiendo obras con un sentido más profano, que junto con necesidades básicas de espacio produjeron la apertura de las representaciones a lugares más públicos como los atrios de las iglesias o las plazas.

Teatro del Renacimiento

El Renacimiento supuso para Europa una reconstrucción del mundo artístico y cultural de Grecia y Roma. De Italia surgió un movimiento en el que asimilaba a la cultura cristiana medieval los viejos aunque mucho más desarrollados aspectos filosóficos y artísticos de la cultura clásica.

En el campo del teatro las influencias no fueron tan intensas como en otras artes. El teatro griego se entendía mal y únicamente en Italia se siguió con la corriente de comedias romanas. Sí que influyó el Renacimiento en la temática de las obras, se abandonó paulatinamente el teatro religioso y dio paso a un teatro de tema pastoril y bucólico, además de mantener las alegorías de carácter filosófico.

En esta época comenzaron a aparecer los teatros como lugares utilizados únicamente para las representaciones. En este aspecto tampoco se siguió la línea grecorromana (que sí se ha mantenido en otras edificaciones, como las plazas de toros). Los teatros occidentales son la evolución normal de las plazas de los pueblos, donde se representaban las obras. Así, la platea era la propia plaza donde se colocaban las sillas y el pueblo llano asistía a las representaciones, mientras que en los balcones de las casa se colocaba la aristocracia y es en lo que luego se convirtió el palco. La forma cuadrangular viene también de esta concepción en la que el escenario está colocado en una tarima elevada por encima del público (justo lo contrario de la ubicación griega).

Entre las figuras más sobresalientes de este periodo destaca inevitablemente William Shakespeare (h. 1564-1616), si bien está a medio camino entre el siglo XVI y el XVII. Se considera a este autor inglés el más grande comediógrafo de lengua inglesa y probablemente de todos los tiempos, con obras maestras que se consideran clásicas en todos los aspectos.

La obra de Shakespeare se ha clasificado en tragedias y comedias. Las primeras constituyen sus obras más conocidas, son historias donde el final trágico afecta a los personajes y desvela las pasiones y temores del ser humano. De este género destacan Hamlet, Romeo y Julieta, Macbeth… Las comedias poseen un asunto más ligero, tienen como fin principal el agradar al espectador con historias divertidas y amables, aunque no por eso tienen menos calidad, Como gustéis, Mucho ruido y pocas nueces o La noche de reyes sirven de ejemplo.

Teatro barroco

Con el cambio al siglo XVII, comienza un nuevo movimiento artístico que constituye una evolución natural del Renacimiento y se ha llamado Barroco. En esta época el teatro europeo está completamente desarrollado y llega a unos niveles artísticos extraordinarios. El teatro se convierte en un verdadero espectáculo de masas y los dramaturgos comienzan a gozar de un nivel social sin precedentes. También las grandes familias aristocráticas sienten profunda admiración por este arte, por lo que las Cortes sirvieron de mecenas para muchos de ellos.

En este periodo destaca la obra del francés Molière (1622-1673), que escribió principalmente obras cómicas de intención satírica. En sus obras ridiculizaba la labor de la burguesía y diversos oficios que contaban en ese momento de gran prestigio, como el médico. Frente a este ataque burlesco, exaltaba la naturalidad y espontaneidad de la juventud. Entre sus principales obras destacan El avaro, Tartufo o El misántropo.

Sin embargo, fue España el reino en el que el teatro tuvo una verdadera eclosión, el interés del pueblo y el favor de la monarquía, unido a un buen numero de grandes dramaturgos, provocó lo que se considera la Edad de Oro del teatro español. Lope de Vega y Calderón de la Barca fueron figuras sobresalientes de un grupo enorme de dramaturgos también de gran calidad, como Tirso de Molina, Vélez de Guevara, Ruiz de Alarcón o Agustín Moreto.

Lope de Vega (1562-1635) fue considerado entre los hombres de su época como un “monstruo de la naturaleza”, pues se conservan unas 1.500 obras suyas, además de poesías y prosa. Sus obras destacaban por la cotidianidad y la desbordante imaginación de sus argumentos. Entre ellas destaca Fuenteovejuna, El perro del hortelano o El mejor alcalde, el rey.

Calderón de la Barca (1600-1681) constituyó la cumbre y el final de la comedia española clásica. Con un estilo mucho más depurado que Lope y una densidad filosófica mucho más profunda, no logró llegar a la popularidad del Fénix, como se conocía al anterior. De su producción destaca sin lugar a dudas La vida es sueño, así como El alcalde de Zalamea.

El siglo XVIII no fue un buen momento para el teatro. La ilustración y el neoclasicismo, que fueron las grandes corrientes culturales y artísticas del momento, promulgaron una racionalización y una función estrictamente social a los dramas, lo que dio lugar a unas obras con poca calidad y repercusión.

Siglo XIX: romanticismo y realismo

El siglo XIX llegó como una reacción frente a la razón ilustrada. Se exaltó así el sentimiento, la pasión y lo irracional, características muy apropiadas para el desarrollo del arte dramático. El movimiento apareció en Alemania, desde donde se extendió al resto de los países. La principal figura fue Wolfgang von Goethe (1749-1832). Su obra teatral más específica, Fausto, representaba todos los ideales románticos, como el amor, la libertad, el afán de rebelión del ser humano.

En Francia fue Victor Hugo (1802-1885) el dramaturgo más importante, escribió Cromwell, verdadero manifiesto romántico y en cuyo prólogo detallaba las características de la nueva estética. En Inglaterra fue el Don Juan de Lord Byron (1788-1824) el drama más importante.

El drama romántico rompe formalmente con todas las normas retóricas practicadas hasta el siglo anterior, como las tres unidades (espacio, tiempo, lugar) o la división en actos y escenas. La libertad de composición se convierte en la razón estética principal, por lo que muchas veces se escribieron obras irrepresentables en un teatro, debido a dificultades técnicas. Un ejemplo de eso lo vemos en las tres señaladas.

En España, el drama romántico alcanzó gran notoriedad social, aunque no llegó a las cotas estéticas de las obras señaladas. Destaca Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas (1794-1865), así como el Don Juan, de José Zorrilla (1817-1893).

En la segunda mitad del siglo los valores románticos fueron sustituidos por una necesidad de describir la sociedad tal y como era. El realismo llegó así al teatro, y frente a los dramas románticos apareció la cotidianidad y la crítica social. Los autores más influyentes fueron el noruego Henrik Ibsen (1828-1906) con Casa de muñecas y Edda Gabler, y el ruso Antón Chejov (1860-1904), con obras como El jardín de los cerezos.

Teatro del siglo XX

El cambio formal producido en el siglo XIX, en todas las artes en general y en el teatro en particular, abrió las puertas, ya entrado el siglo XX, a enormes revoluciones formales que convertirían el teatro en una manifestación libre y sin ninguna traba.

Hubo, en general, una tendencia deshumanizadora de la obra y de los personajes y el texto adquirió más importancia. Se hicieron así experimentos con actores que no transmitieran emociones, como la Übermarionette del inglés Gordon Craig (1872-1966). Otros cambios consistieron en la búsqueda del distanciamiento por parte del público, como un modo de romper con la catarsis. El alemán Bertolt Brecht (1898-1956) promovió así su “teatro épico” con obras como Madre Coraje o El círculo de tiza caucasiano. En general, se aspiraba a un antirrealismo con el que se llegaba de diferentes modos: el “teatro del absurdo”, promovido por el italiano Pirandello (1867-1936) y el rumano Eugène Ionesco (1912-1994), mediante situaciones ajenas al sentido común; el “teatro de la crueldad”, ideado por Antonin Artaud (1896-1948), que pretendía ese distanciamiento mediante escenas brutales.

En España destaca la figura de Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936) con la creación del “esperpento”, y obras como Luces de bohemia y Divinas palabras. En otras líneas escribiría Federico García Lorca (1898-1936), con un teatro donde consigue combinar la raigambre española con la vanguardia (La casa de Bernarda Alba) y otro de tono completamente surrealista (El público).

Transcurrida la Segunda Guerra Mundial y la crisis cultural que conllevó, se escribió un teatro más sencillo, con intención social. A partir de los años setenta comenzaron a aparecer grupos de teatro alternativos, donde importaba menos el texto original que la puesta en escena y se hicieron así numerosas revisiones de obras clásicas.