Performance

    Con esta palabra inglesa que significa “ejecución” se designa una modalidad dramática que incluye la representación, pero no se limita a ella. Como variante del denominado body art, el vehículo empleado para la expresión es el cuerpo, que se convierte a la vez en protagonista y trama de la propia obra. Puede incluir otras disciplinas como la danza, la fotografía, el vídeo, la poesía visual, la pantomima o incluso el circo. La performance se diferencia del happening en que éste no persigue necesariamente fines artísticos.

    La performance se dirige contra las manifestaciones artísticas perdurables, consideradas valiosas y por eso convertidas en objeto de transacción comercial, y en su lugar pone el acento en lo transitorio de una situación concreta. Critica la separación del artista con respecto a la obra. No se sitúan en primer plano la trama ni los distintos papeles, como en el teatro, sino las acciones, los movimientos y los procesos.

    Como requisitos amplios de un arte que es esencialmente flexible en sus planteamientos, pueden citarse los siguientes: lo constituyen las acciones o de una persona o de un grupo, en un lugar concreto durante un tiempo determinado; puede desarrollarse en cualquier sitio, iniciarse en cualquier momento y ofrecer una duración indeterminada; además de las condiciones de espacio y tiempo, se precisa de la acción del cuerpo del artista y de la relación comunicativa con un público.

    La historia del performance art comienza a principios del siglo XX, vinculado con los movimientos de vanguardia. Pueden considerarse precursoras las actuaciones dadaístas llevadas a cabo en el Cabaret Voltaire por parte de Tristan Tzara, Richard Huelsenbeck y otros artistas. Su desarrollo está muy vinculado al arte conceptual de los años sesenta, que busca la creación de manifestaciones artísticas no comercializables, basadas en el gesto efímero. Representantes de la performance en este sentido actual son Yves Klein, Vito Acconci, Hermann Nisch, Yoko Ono o Joseph Beuys. Desde 1968 en adelante, es habitual que la performance tenga un contenido político.

    Desde la década de los noventa, los artistas más jóvenes hacen un uso en cierto modo irónico de la performance, y no es infrecuente que estos creadores participen en la puesta en escena de obras clásicas. Es el caso del alemán Jonathan Meese con la representación de Los maestros cantores de Núremberg, de Richard Wagner. La performance, además, está desarrollando novedosas potencialidades expresivas con el empleo de las nuevas tecnologías.