Drama

    Grabado de El rey Lear, de William Shakespeare

    Este vocablo expresa una doble realidad. En sentido lato, el drama es el género abarcador de cualquier expresión literaria que se basa en una representación dialogada, tanto en prosa como en verso. En un sentido más concreto, el drama se viene caracterizando históricamente como el subgénero dentro de la literatura dramática que ofrece rasgos intermedios entre la tragedia y la comedia.

    En el primero de los sentidos, el drama es uno de los grandes géneros que existen desde la antigüedad, analizado ya por Aristóteles en su Poética. Hoy se opone esencialmente a la poesía y a la narrativa, que ofrecen sus propios rasgos en cuanto a modalidad elocutiva e intención. El drama se identifica esencialmente con el teatro, aunque es necesario precisar que éste no sólo incluye el texto literario, sino todos aquellos aspectos adicionales que concurren en la representación, al margen del texto.

    Debido a su naturaleza, el drama presenta unas características concretas. Los textos de los que se compone están destinados a su interpretación ante un público, por lo que pierden su finalidad esencial cuando se leen en privado. Sólo adquieren la plenitud de sus potencialidades cuando se produce la presentación dinámica con los personajes en acción, por lo que se requiere del concurso de unos actores y unos espectadores, entre los que se produce necesariamente la interacción comunicativa.

    En el segundo de los sentidos mencionados, el drama constituye una modalidad sincrética de la tragedia y la comedia, pues participa de ambas sin caer en la reducción simplificadora de los dos extremos. No presenta los avatares malhadados de la primera ni, por lo común, las situaciones hilarantes de la segunda: se mantiene en un registro que combina lo catastrófico y lo halagüeño, y el final puede ser feliz o desgraciado.

    Ya en la literatura clásica griega se cultiva el llamado drama satírico, que se representa después de una trilogía trágica para aliviar la tensión acumulada en el espectador. En la edad media tiene importancia el drama litúrgico, que ilustra episodios de la vida de Jesucristo. El género alcanza un periodo de madurez en los siglos XVI y XVIII, con las piezas de autores tan significados como William Shakespeare y Pedro Calderón de la Barca. Al llegar el siglo XIX, llega a su plenitud con el drama romántico primero, y más tarde con el drama burgués de Henrik Ibsen y de Antón Chéjov, que le dan una dimensión más honda.

    Una variante del drama es el melodrama, que exagera los elementos trágicos, generalmente a costa de la verosimilitud.