Tragedia

    Portada de una edición del s. XVII de “La tragedia española”, obra de Thomas Kyd

    Género teatral caracterizado por el planteamiento de conflictos graves que obligan al protagonista a enfrentarse con su destino. Para que se dé tragedia como tal, debe existir un héroe, una adversidad, la lucha empeñada contra esa fuerza que se le opone, el desenlace fatal, y todo ello expresado con un tono sublime, tanto en el estilo que se emplea como en la puesta en escena.

    El género tiene su origen en la Atenas del siglo V a.C., y aparece vinculado a las fiestas teatrales que se organizan en honor del dios Dionisos. En esas celebraciones se representan tres tragedias y un drama satírico. Etimológicamente, tragedia quiere decir “canto del macho cabrío”, y es posible que con ello se haga referencia al apelativo que suele emplearse para denominar a aquel dios.

    En la tragedia griega son muy importantes los conceptos de “catarsis” y “mimesis”, planteados por Aristóteles en su Poética. El primero hace referencia al sentimiento de horror compartido durante la contemplación del espectáculo, y la consecuente purificación de las pasiones. El segundo concepto alude a aquello que merece ser imitado de la naturaleza, como es el caso de los conflictos planteados en la tragedia.

    Los tres grandes trágicos griegos son Esquilo, Sófocles y Eurípides. De todos ellos conservamos muchas menos piezas que las que escribieron. Esquilo marca la senda posterior del género, al asignar las voces dramáticas a los personajes que salen a escena. Sófocles se caracteriza por la perfección estructural de sus tragedias. Eurípides, por la maestría para reflejar las pasiones humanas y por introducir el recurso del deus ex machina o dios que interviene para dar un giro al final.

    Ilustración de Romeo y Julieta, por Jean-Pierre Simon

    Gran influencia tiene el latino Séneca en la tragedia de época moderna, que presenta dos momentos de esplendor en la Inglaterra isabelina de los siglos XVI y XVII, y en la Francia neoclásica. Respectivamente, destacan Chistopher Marlowe (Doctor Faustus) y William Shakespeare (Romeo y Julieta, Otello, Hamlet, Macbeth, El rey Lear), y los trágicos Pierre Corneille (Medea) y Jean Racine (Fedra).

    Durante el Romanticismo se cultiva el drama trágico, con ribetes históricos. Es el caso de Hernani, de Victor Hugo, y de obras de los españoles Duque de Rivas (Don Álvaro o la fuerza del sino), Antonio García Gutiérrez (El trovador) y Juan Eugenio Hartzenbusch (Los amantes de Teruel).

    A finales del siglo XIX, autores de primera fila vuelven a escribir obras que recogen la herencia de la tragedia. Es el caso de Henrik Ibsen, August Strindberg y Antón Chéjov.