Hombre de Cro-Magnon

El homo de Cromagnon, Homo Sapiens.

Nombre dado antiguamente a los representantes del género humano que habitaron Europa entre el 40.000 y el 10.000 a.C. y cuyos restos fósiles se han hallado vinculados a las manifestaciones culturales propias del paleolítico (industria lítica, pinturas rupestres, etc.). El término, procedente de la cueva francesa de Cro-Magnon (cromañón en castellano), ha caído en desuso, ya que se ha establecido que no es una especie homínida diferente al ser humano actual (Homo sapiens sapiens) y que su ámbito de actuación no se limitó a Europa, sino que se extendió por todos los continentes.

Los restos fósiles hallados hasta la fecha permiten aseverar que su aspecto físico era ya muy similar al del hombre moderno; al menos eso indican parámetros como su capacidad craneal (entre 1.000 y 1850 cm3), altura (entre 1,4 y 1,9 m) o peso (entre 55 y 80 kg). Habían perdido ya algunas características simiescas de su coetáneo, el hombre de Neanderthal (H. sapiens neanderthalensis), como el tamaño de la mandíbula, la fuerte complexión muscular o incluso la dentición.

Forma de vida

Descartada ya su descendencia del neanderthalensis, se considera que su antecesor pudo ser el H. ergaster o erectus. Surgió en África, probablemente hace unos 250.000 años, y desde allí se extendió por Asia (100.000 a.C.), Europa (40.000 a.C.) y América (40.000/ 30.000 a.C.). Estos movimientos no hacen sino reflejar el nomadismo de los grupos cromagnones, obligados a seguir a los animales de los cuales dependía su alimentación y que huían de las condiciones extremas creadas por las glaciaciones del pleistoceno.

En un principio, la caza se centró en las especies pequeñas pero con el paso del tiempo, los cromagnones pudieron concentrarse en grandes animales como el mamut, el bisonte o cérvidos como el alce o el reno. Ello fue posible gracias a la invención de instrumentos cada vez más eficaces como los propulsores o el arco, a la utilización de trampas y a la colaboración entre los distintos miembros de un grupo.

Este último punto denota la organización grupal de los cromagnones. Según algunos investigadores, estas comunidades estaban estructuradas en torno a clanes flexibles: las familias nucleares que los componían podían desvincularse del grupo en momentos de escasez de alimentos o, por el contrario, aliarse con otros, ya fuera para la caza mayor o para defenderse de un tercero.

Aunque toda la población se dedicaba a la obtención de alimentos, estudios sobre épocas posteriores han llevado a pensar que quizá existió una división sexual del trabajo: mientras los hombres se ocupaban de las labores de caza, las mujeres se dedicaban a la recolección de frutos y al cuidado de los hijos. Esto no quiere decir que la mujer quedara relegada a ser una simple “ama de casa” ya que es posible que muchos de los clanes se organizaran según estructuras matriarcales en las que las mujeres poseían el poder de facto; esta teoría se sustenta en el importante culto a la divinidad femenina, símbolo de la fertilidad, que se plasmaba en pinturas rupestres o en las importantes figurillas conocidas como “Venus”.

Estas formas de vida se mantuvieron en Europa de forma más o menos inalterada durante 30.000 años. Las diferencias entre los grupos humanos no se basaban tanto en la organización social o tipo de producción económica –la de los cazadores y recolectores– como en las industrias líticas que estas gentes producían. Sería pues posible hablar de tradiciones en la talla de la piedra arraigadas en diferentes zonas geográficas, es decir, de “culturas líticas”. Así, en la Europa francomediterránea se habrían sucedido culturas como la auriñaciense y la perigordiense mientras que en el norte africano se dio la fase ateriense y en América del Norte la llamada cultura Clovis.