Música sinfónica

    La música sinfónica requiere numerosos instrumentistas.

    La música sinfónica es aquella especialmente compuesta para ser tocada por una orquesta (conformada por numerosos instrumentistas), en un recinto de grandes dimensiones. La música para orquesta no se creó hasta el siglo XVII; es, por tanto, más tardía que la música de cámara, y se basa en la conjunción de muchísimas melodías e instrumentos bajo la batuta de un director, que da cohesión al sonido a partir de la partitura y de la interpretación que hace de ella.

    La labor del director de orquesta es esencial para coordinar la labor de los instrumentos.

    La orquesta está compuesta por tres grupos de instrumentos: los de viento (que se dividen en maderas como la flauta, el oboe y el clarinete; y metales como trompetas, trombones, etc.), los de percusión (timbales, bombo) y los de cuerda (por ejemplo, violines y violonchelos). No obstante, en determinadas piezas la formación orquestal sinfónica puede enriquecerse con otros diversos instrumentos e incluso con la voz humana (recuérdense los grupos solistas y corales de la Novena Sinfonía de Beethoven).

    Cada uno de los grupos de instrumentos suele seguir su propia melodía, que se complementa con la de los otros grupos instrumentales. Debido a que las orquestas deben buscar sobre todo la compenetración de gran número de instrumentos, el que conduce las interpretaciones no es un instrumentista más, sino un director, que con la batuta marca cuándo debe entrar cada músico, cuándo se debe tocar con más fuerza y cuándo con más sutileza.