Los orígenes del hombre

En 1859, Charles Darwin publicó su libro El origen de las especies en el que sugería la tesis de que todos los seres vivos, incluido el hombre, descendían de un ancestro común. Años más tarde, en 1871, se reafirmó en su teoría con el libro El origen del hombre, en el cual trataba de forma específica el problema de la evolución humana. El biólogo inglés cuestionaba así de forma implícita la doctrina cristiana (muy similar en este sentido a otras civilizaciones) de la intervención directa de Dios en la creación de la raza humana, negando la existencia de Adán y Eva. Evidentemente, las reacciones negativas de la Iglesia ante la idea de la evolución humana no se hicieron esperar, aunque ya desde finales del siglo XVIII algunos científicos como Jean Baptiste Lamarck habían trabajado sobre esa tesis. En la actualidad, aunque siguen existiendo algunas corrientes que intentan afirmar el papel directo de la divinidad en la aparición del hombre (diseño creativo), la comunidad científica no duda en considerar las tesis darwinianas como ciertas, al menos en sus puntos más básicos.

En cualquier caso, la teoría sobre el origen del hombre planteada por Darwin no debe ser tampoco considerada como un dogma de fe científico. Las constantes investigaciones realizadas por paleoantropólogos y biólogos han demostrado que el ser humano no desciende directamente de primates como los chimpancés; aunque el hombre comparte con ellos el 99% de los genes, no son más que parientes cercanos que tomaron un camino evolutivo distinto. Es decir, en algún momento de la carrera evolutiva, diversos especímenes de la familia de los primates comenzaron a desarrollar características particulares que los fueron diferenciando paulatinamente de los comúnmente llamados «monos»; entre estos especímenes se encuentran los antecesores de los grandes simios (chimpancés, gorilas, orangutanes) y de los propios seres humanos.

La diferenciación del hombre

El proceso de diferenciación que llevó a la aparición del género humano (género Homo) fue muy lento. Gracias a los recientes descubrimientos científicos se pueden datar estos inicios de la carrera evolutiva hace aproximadamente siete millones de años. Fue en dichos momentos cuando surgió el primer homínido (Sahelanthropus tchadensis), es decir, el primer primate capaz de andar sobre los dos pies. Con el paso del tiempo irían surgiendo nuevas especies de homínidos (Ardipithecus, Australopithecus, etc.) pero no sería hasta hace 2,3 millones de años cuando apareció sobre África, el continente que se puede considerar la «cuna de la humanidad», una especie que, con ciertas dudas, se puede considerar como el primer hombre: el Homo habilis. Todavía tuvieron que transcurrir dos millones de años hasta la aparición del Homo sapiens sapiens, el ser humano actual.

A lo largo de esos siete millones de años, la rama «humana» fue experimentando una serie de cambios que se pueden considerar claves en la aparición del hombre. Entre ellos cabe mencionar la diferenciación física, la capacidad de adaptarse al medio, la transmisión de información relevante por medio del lenguaje y el desarrollo de la tecnología. Ninguno de ellos puede ser individualizado y utilizado para responder a la pregunta de quiénes somos, sino que todos ellos, de forma íntimamente relacionada, contribuyeron a la formación del hombre.

La diferenciación física

Hace siete millones de años, algunos primates comenzaron a desarrollar algunos aspectos físicos que podrían ser calificados como humanos. Tanto el Sahelanthropus tchadensis como el Orrorin tugenensis poseían la capacidad de andar sobre sus dos pies (bipedismo) aunque, probablemente, seguían pasando gran parte de su vida en los árboles de las plurisilvas africanas. A pesar de ello, su capacidad craneal, la cual ofrece indicios sobre el tamaño de su cerebro, era todavía «simiesca» y asimilable a la de un chimpancé, es decir, apenas un cuarto del tamaño del cerebro humano. Dos milenios más tarde, el género de los australopitécidos (Australopithecus robustus, africanus, etc.) aumentaría su capacidad craneal pero no lo suficiente como para ser considerados como humanos.

Formas mucho más humanas aparecieron hace 1,6 millones de años y corresponden a los especímenes denominados Homo erectus (o ergaster). Por entonces, la capacidad craneal de estos homínidos era ya de dos tercios la capacidad actual; además, en los numerosos restos fósiles que se han conservado se puede apreciar cómo el bipedismo era ya norma común entre ellos e incluso se puede afirmar que habían abandonado ya el hábitat arbóreo.

Finalmente, hace unos 300.000 o 200.000 años aparecieron los primeros Homo sapiens, los cuales poseían ya una capacidad craneal similar a la actual. Sin embargo, algunos Homo sapiens, los conocidos como neanderthalensis u hombre de Neanderthal, todavía conservaban algunos rasgos simiescos como el tamaño de la mandíbula, la complexión muscular o incluso la dentición. Sólo algunos especímenes de Homo sapiens, los denominados como hombres de Cro-Magnon (Homo sapiens sapiens), contemporáneos de los neandertales, poseían rasgos completamente similares a los del hombre actual.

La adaptación al medio

Parte de la evolución de estas características físicas puede ser explicada gracias a la necesaria adaptación de los homínidos al medio físico. Hace alrededor de 2,8 millones de años, la tierra comenzó a experimentar un cambio climático que daría paso a la era geológica conocida como Pleistoceno, popularmente llamada «edad de hielo». Los bosques tropicales que hasta entonces poblaban la Tierra fueron reduciendo su tamaño ante el clima frío y seco del periodo y especialmente, las olas glaciares que le caracterizaron. Éstas provocaron que grandes masas de tierra quedaran sepultadas bajo los hielos.

Con el paso del tiempo, los homínidos fueron adquiriendo formas cada vez más humanas, tal y como se comprueba comparando un cráneo de australopitécido (Australopithecus robustus), arriba, y uno de un Homo erectus, abajo.

Con el paso del tiempo, los homínidos fueron adquiriendo formas cada vez más humanas, tal y como se comprueba comparando un cráneo de australopitécido (Australopithecus robustus), arriba, y uno de un Homo erectus, abajo.

El cambio climático tuvo importantes consecuencias para la fauna que por entonces poblaba la Tierra. Los primates, animales de hábitat tropical, tuvieron o bien que refugiarse en las cada vez más escasas áreas selváticas del corazón africano, o bien adaptarse a los nuevos paisajes, dominados por las grandes sabanas. Entre los homínidos, esta última posibilidad fue explotada gracias a su incipiente bipedismo: su capacidad de andar sobre sus dos pies les permitió adaptarse a las llanuras africanas y abandonar definitivamente el mundo de los árboles. Esto no sólo provocaría la definitiva adopción del bipedismo y el abandono de las formas físicas idóneas para la vida arbórea sino que también influyó en la adopción de una postura más erguida (Homo erectus).

Tabla 1. Capacidad craneal y constitución física de los distintos especímenes del género humano.

Por otra parte, el desarrollo de la capacidad de andar sobre las dos piernas tuvo consecuencias muy importantes para los antecesores del hombre moderno. Sin la necesidad de utilizar las extremidades para agarrarse a las ramas de los árboles, los homínidos pudieron emplear las manos para otros menesteres como el uso de piedras y palos para la obtención de comida o la defensa propia. Esto provocaría a su vez que los colmillos perdieran su función defensiva y se fueran reduciendo progresivamente de tamaño. De igual manera, la adaptación a la fauna y flora de la sabana provocaría en los homínidos un cambio en el tipo de alimentación: los gruesos molares de los primates, idóneos para la trituración de las verdes ramas de los árboles, perderían su sentido ante la necesidad de masticar tubérculos o incluso carne de animales muertos.

Los hábitats euroasiático y africano durante las glaciaciones.

El uso de tecnología

La posibilidad de utilizar las manos facilitó asimismo el uso de herramientas para la realización de tareas básicas como la defensa o la caza. Si bien es cierto que muchos animales, por ejemplo los chimpancés, son capaces de emplear ramas para obtener hormigas de los hormigueros o piedras para machacar frutos o huesos, también lo es que sólo el hombre lo ha hecho de forma consciente, mejorando con el tiempo las herramientas a su alcance y adaptándolas a nuevos usos. Algunos animales utilizan herramientas; el hombre las fabrica.

El paso de «utilizar» a «fabricar» se dio hace más o menos 1,8 millones de años. Los investigadores han podido determinar que antes, algunas especies de homínidos como los Australopithecus habían ya empleado lascas o fragmentos de piedra de forma continuada; sin embargo, no parece que esto hubiera sido realizado de manera totalmente consciente. Este paso, el de la fabricación consciente de herramientas y en especial, de lascas de piedra, sólo se daría en los últimos estadios evolutivos del Homo habilis y los primeros del Homo erectus. Con el paso del tiempo, estas lascas de piedra fueron adaptadas a diferentes usos, desde la primitiva maza para moler y triturar hasta las cortantes puntas de lanza.

Estos avances tecnológicos modificaron también el aspecto físico de los primeros humanos. Un ejemplo de esto son las lanzas con punta de piedra o los propulsores: la posibilidad de cazar animales desde la distancia provocó la pérdida del exceso de masa muscular, antes necesaria para el cuerpo a cuerpo con los animales salvajes, y la estilización de la figura, bien visible en el conjunto de cuello, hombro y antebrazo. Asimismo, el descubrimiento del fuego y su uso regular por parte del Homo sapiens neanderthalensis no sólo le permitió vivir en las regiones frías del continente euroasiático sino que también pudo cocinar los alimentos y hacerlos más tiernos. La ternura de los alimentos provocó además que ya no fuera necesario masticarlos durante tanto tiempo antes de ser ingeridos y, por tanto, los poderosos dientes del neandertal perdieron en gran parte su sentido.

El ámbito cultural

La comunicación verbal entre padres e hijos o entre los miembros del grupo fue vital para conseguir estos avances tecnológicos. La adaptación y mejora de las lascas de piedra con el paso del tiempo fue en gran medida posible por la capacidad del ser humano de transmitir a sus congéneres información y, por tanto, acortar los tiempos de aprendizaje. No se sabe a ciencia cierta cuándo el ser humano dejó de producir sonidos puramente animales y desarrolló su capacidad para emitir otros articulados y plenos de sentido. Los tejidos blandos de la garganta que envuelven las cuerdas vocales no pueden sobrevivir al paso del tiempo y los paleoantropólogos sólo pueden utilizar pruebas indirectas para esbozar sus suposiciones. En este sentido, la mayoría concuerda en que el hombre fue capaz de hablar de forma parecida a la actual en cuanto poseyó la capacidad craneal adecuada, es decir, hace unos 300.000 años.

Propulsor del paleolítico superior. El desarrollo de distintas herramientas como los propulsores de jabalinas provocó la transformación de la constitución física de los primeros humanos.

La adquisición del lenguaje fue un hito importantísimo en la larga evolución humana. Gracias a él, el ser humano fue capaz de transmitir información compleja a sus descendientes o a los miembros de su grupo. Con ello no sólo se podía indicar cómo tallar de forma correcta una piedra sino que también se eliminaba información redundante o innecesaria y se podía absorber otra más relevante. Mientras que los animales sólo son capaces de informar a sus congéneres de la presencia de un peligro, el ser humano puede indicar de qué tipo de peligro se trata y cómo se puede sortear.

La adquisición del lenguaje permitió al ser humano no sólo compartir información práctica sino también conceptos abstractos. Esta capacidad, puramente humana, se desarrolló asimismo en la Prehistoria y sus primeras manifestaciones fueron las artísticas producidas por el Homo sapiens, ya fuera Neandertal o Cro-Magnon. Aunque la mayoría de pinturas rupestres pueden ser consideradas como prácticas (escenas de caza, pastores, etc.), no cabe la menor duda de que lo abstracto, lo inmaterial, ya estaba en la mente de los antecesores del ser humano. Sólo así se pueden explicar las estatuillas conocidas como «Venus», las cuales representan a la diosa madre o el concepto de fertilidad, o los enterramientos ceremoniales que tienden a sacralizar la muerte.

Venus de Willendorf, Austria. El lenguaje fue fundamental para que el ser humano fuera capaz de desarrollar conceptos abstractos como el de la divinidad femenina o la fertilidad.

La secuencia de la evolución

Aunque la mayoría de los cambios ya comentados son visibles en el Homo sapiens, éstos fueron en realidad el resultado de una evolución lenta y gradual en la que se produjeron muchos «experimentos» fallidos. De hecho, la mayoría de los expertos prefieren visualizar la evolución del género humano como un árbol con distintas ramificaciones que sufre alteraciones y cortes inexplicables en vez de como una línea continua que procede de un único origen.

En el tronco de dicho árbol se encontrarían los primates, dentro de los cuales se pueden apreciar en la actualidad diferentes ramas o familias, como los póngidos (chimpancés, gorilas) o los cercopitécidos (mandriles, colobos, etc.). Otra de estas familias, la de los homínidos, surgiría hace entre nueve y siete millones de años; de ésta, el Sahelanthropus tchadensis, encontrado en el Sahel africano en 2001, sería el espécimen más antiguo. Aunque dadas las fechas en las que se supone que habitó en el continente africano, hace aproximadamente entre siete y seis millones de años, y que se le considere el antecesor del resto de homínidos, no se puede afirmar que haya sido en realidad su «progenitor». De hecho, cabe la posibilidad de que el Sahelanthropus viviese al mismo tiempo que el Orrorin tugenensis, cuyos restos datan de hace cerca de seis millones de años.

El problema de la coetaneidad o coincidencia en el tiempo de diferentes especies está presente en toda la carrera evolutiva de la humanidad. Si bien en algunos casos como el del Sahelanthropus y el del Orrorin, la escasez de datos hace imposible afirmar tal cuestión, en otros es más que evidente. Es el caso de los Ardipithecus (A. ramidus ramidus y A. ramidus kadabba), los cuales vivieron en África hace 5,8-4,4 millones de años, y los Australopithecus (A. anamensis), que habrían habitado el continente africano hace como mínimo 4,17 millones de años. Según muchos paleoantropólogos, ambas especies de homínidos coincidieron en el tiempo aunque los primeros se habrían extinguido antes, probablemente por su incapacidad para adaptarse al cambiante paisaje africano.

Evolución de los homínidos

Aparte de la coetaneidad, otro problema frecuente para establecer la secuencia evolutiva del hombre es el del aparente retroceso en las formas humanas. El análisis de los restos del Sahelanthropus tchadensis ha demostrado que, en cuanto a su fisiología, era mucho más cercano al hombre que los propios Australopithecus, aunque éstos poseían una capacidad craneal ligeramente superior a la de sus predecesores. Este problema vendría pues a invalidar la tesis darwiniana de una sucesión lineal de homínidos; por el contrario, el Sahelanthropus habría sido un intento fallido en la evolución humana, la cual habría tenido que «volver a empezar» con los Australopithecus.

Las industrias líticas europeas.

Ambos problemas aparecen de nuevo cuando se intenta estudiar a los siguientes homínidos: el Homo habilis y el Homo erectus o ergaster. El primero habitó la región oriental africana (Etiopía, Tanzania y Kenia) hace 2,3-1,5 millones de años y habría sido coetáneo de otras especies de homínidos catalogadas como Paranthropus (P. bosei y robustus). Además, dado que está considerado como el primer «hombre», debería descender del Australopithecus africanus, el australopitécido más cercano al ser humano desde el punto de vista fisiológico; sin embargo, el H. habilis y el A. africanus no compartieron un mismo hábitat, lo que ha llevado a los investigadores a sugerir la tesis de que el primero no descendería en realidad del segundo sino de un australopitécido menos evolucionado, el A. garhi.

La aparición del hombre

La aparición del H. habilis dio inicio a la historia del ser humano, o mejor dicho, de la prehistoria. A partir de su aparición, la evolución ya no se mide tanto en eras geológicas (Plioceno, Pleistoceno, etc.) como en industrias líticas –paleolítica (industria lítica antigua), mesolítica (media) y neolítica (nueva)– y sus respectivas formas locales (olduvayense, musteriense, auriñaciense, etc.).

Tanto el H. habilis como su teórico sucesor, el H. ergaster o erectus, son de suma importancia para comprender el proceso evolutivo del ser humano. Es a ellos a los que hay que adjudicar el empleo y fabricación consciente de las herramientas de piedra, todavía muy toscas, y, mucho más importante, su completa adaptación al medio físico que les rodeaba. El primero, aunque todavía simiesco de apariencia, comenzó a fabricar herramientas y transportarlas consigo en sus viajes (algo inusual en los animales), periplos que quizá estuvieran motivados por la búsqueda de caza. De hecho, el H. habilis terminó por incorporar la carne de forma definitiva a su dieta, abandonando el vegetarianismo de sus predecesores.

En cuanto al H. ergaster, su importancia radica en haber sido el primer hombre que salió del continente africano. Sus restos han sido encontrados desde Eritrea hasta Sudáfrica pero también en China e Indonesia, donde se lo conoce como Homo erectus, y quizá en Atapuerca, España (Homo antecessor). Esta dispersión por los tres continentes, realizada entre hace dos millones y 800.000 años, fue posible no sólo por los cambios climáticos del Pleistoceno, los cuales abrieron nuevas rutas de comunicación, sino también por el dominio de importantes avances tecnológicos: una industria lítica más avanzada que la de su predecesor y el paulatino uso del fuego (del que existen pruebas para el H. erectus).

La evolución del género humano se puede comprobar no sólo en el aspecto físico sino también en las herramientas de piedra que emplearon. Las del Paleolítico Inferior o Medio (arriba) suelen ser mucho más vastas y sencillas que las del Paleolítico Superior (abajo).

La evolución del género humano se puede comprobar no sólo en el aspecto físico sino también en las herramientas de piedra que emplearon. Las del Paleolítico Inferior o Medio (arriba) suelen ser mucho más vastas y sencillas que las del Paleolítico Superior (abajo).

La mayoría de investigadores tiende a pensar que el H. ergaster o erectus es el verdadero antecesor del Homo sapiens sapiens u hombre de Cro-Magnon y de su contemporáneo, el hombre de Neandertal. Es cierto que existieron otras especies que podrían haber «engendrado» al hombre moderno (Homo sapiens archaic, conocido como hombre de Heidelberg en Europa y hombre de Dali en Asia) pero suelen ser demasiado locales, es decir, sólo han aparecido restos suyos en regiones muy limitadas. Por ello, la antigua tesis de que el hombre de Cro-Magnon descendía del Neandertal también ha sido desechada: este último no es sino una especie europea mientras que el Cro-Magnon vio la luz en África hace aproximadamente 200.000 años. Las migraciones del H. sapiens sapiens le llevarían hasta el Viejo continente hacia el 40.000 a.C., conviviendo ambas especies durante un periodo de unos 10.000 años.

Las comunidades prehistóricas

El hombre de Cro-Magnon (Homo sapiens sapiens) llegó a Asia (100.000 a.C.), Europa (40.000 a.C.) y América (40.000/

30.000 a.C.) procedente de África. Estos movimientos no hacen sino reflejar el nomadismo de los grupos cromagnones, obligados a seguir a los animales de los cuales dependía su alimentación y que huían de las condiciones extremas creadas por las glaciaciones del Pleistoceno.

En un principio, la caza se centró en las especies pequeñas pero con el paso del tiempo, los cromagnones pudieron concentrarse en grandes animales como el mamut, el bisonte o cérvidos como el alce o el reno. Ello fue posible gracias a la invención de instrumentos cada vez más eficaces como los propulsores o el arco, a la utilización de trampas y a la colaboración entre los distintos miembros de un grupo.

Este último punto denota la organización grupal de los cromagnones. Según algunos investigadores, estas comunidades estaban estructuradas en torno a clanes flexibles: las familias nucleares que los componían podían desvincularse del grupo en momentos de escasez de alimentos o, por el contrario, aliarse con otros, ya fuera para la caza mayor o para defenderse de un tercero.

Aunque toda la población se dedicaba a la obtención de alimentos, estudios sobre épocas posteriores han llevado a pensar que quizá existió una división sexual del trabajo: mientras los hombres se ocupaban de las labores de caza, las mujeres se dedicaban a la recolección de frutos y al cuidado de los hijos. Esto no quiere decir que la mujer quedara relegada a ser una simple «ama de casa» ya que es posible que muchos de los clanes se organizaran según estructuras matriarcales en las que las mujeres poseían el poder de facto; esta teoría se sustenta en el importante culto a la divinidad femenina, símbolo de la fertilidad, que se plasmaba en pinturas rupestres o en las importantes figurillas conocidas como «Venus».

Estas formas de vida se mantuvieron en Europa de forma más o menos inalterada durante 30.000 años. Las diferencias entre los grupos humanos no se basaban tanto en la organización social o tipo de producción económica –la de los cazadores y recolectores– como en las industrias líticas que estas gentes producían. Sería pues posible hablar de tradiciones en la talla de la piedra arraigadas en diferentes zonas geográficas, es decir, de «culturas líticas». Así, en la Europa francomediterránea se habrían sucedido culturas, como la auriñaciense y la perigordiense, mientras que en el norte africano se dio la fase ateriense y en América del norte la llamada cultura Clovis.

La revolución neolítica

Hacia el año 10.000 a.C. se produjo en la Tierra un importante cambio climático que vendría a coincidir con el fin del Pleistoceno y la llegada de la era geológica actual, el Holoceno. Se trata ésta de una fase más cálida en la que acabaron por desaparecer o retirarse los glaciares que cubrían gran parte del continente euroasiático o americano. Resultado de esta variación climática fue la modificación de la fauna y la flora a la que estaba habituado el hombre de Cro-Magnon: algunas especies como el reno, que llegó a habitar el sur de Francia, emprendieron la emigración hacia áreas septentrionales más frías mientras que otras desaparecieron, caso de algunos tipos de elefantes europeos.

La invención del arco y otras armas así como la coordinación de los miembros del grupo permitió a los cromagnones capturar piezas de caza mayor como se puede comprobar en numerosas pinturas rupestres. En la imagen, escena de caza en la cueva de Els Cavalls, España.

El hombre respondió a este reto adaptándose al nuevo entorno. Este periodo, conocido en Europa y África como Mesolítico, se caracterizó por la búsqueda, por parte de las comunidades humanas, de nuevas fuentes de alimentación: éstas se encontraron principalmente en la nueva vegetación (bayas, tubérculos) así como en la recolección de marisco costero (comunidades de recolectores).

Los cambios climáticos ocurridos hacia el 10.000 a.C., provocaron que el hombre tuviera que adaptarse al entorno y buscar nuevas fuentes de alimento. Surgieron así la agricultura y la ganadería sedentaria. En la imagen, escultura neolítica de un arado tirado por bueyes.

Esta transformación en los modos de vida acabó culminando en el descubrimiento de la agricultura, que se produjo según la mayoría de autores tras un largo proceso de observación y comprensión de los ciclos biológicos. Para el historiador Gordon Childe (1892-1957), el descubrimiento de la agricultura supuso una verdadera revolución (revolución neolítica) ya que provocó la transformación del modo de producción de las sociedades humanas: de una cultura de depredación, el hombre pasó a planificar la adquisición de alimentos y transformó su forma de vida habitual. Del típico nomadismo del Paleolítico se pasó a la sedentarización que exigía la agricultura mientras que los excedentes de alimentos permitían la especialización de algunos miembros de la comunidad. Surgen así las primeras aldeas y núcleos protourbanos en los que es posible ver una incipiente jerarquización de la sociedad. Si antes todos los miembros del grupo debían dedicarse a la caza y la recolección, a partir del Neolítico se comprueba cómo existe una división técnica del trabajo basada en las habilidades individuales: existen así los agricultores y ganaderos o los artesanos.

Con la aparición de los primeros asentamientos, surgió la jerarquización de la sociedad: los líderes tribales pasaron a ser jefes que, a menudo, conjugaban los papeles religioso y militar. En la imagen, escultura de un rey sacerdote

La revolución neolítica tuvo otros efectos de gran importancia. Por una parte, la especialización de los miembros del grupo permitió la investigación de nuevas técnicas de trabajo y tecnologías. Se inventaron nuevos instrumentos agrícolas como el arado mientras los artesanos comenzaban a investigar los procesos metalúrgicos, dando paso en las comunidades neolíticas más avanzadas (Próximo y Medio Oriente, Egipto) a una «edad del metal» gracias al trabajo del cobre y el hierro. Asimismo, la distribución de los excedentes agrícolas y su intercambio por el preciado metal favoreció la aparición del comercio y, con él, una revolución en los transportes cuyo hito más relevante sería la consolidación de la navegación. Finalmente, es necesario destacar que la creciente complejidad de las nuevas comunidades sedentarias provocó un reajuste social. El tradicional liderazgo de la tribu dejó paso al señor o jefe de aldea, figura encargada de velar por la regulación de las relaciones entre los miembros de la comunidad y organizar las tareas complejas.

Para muchos investigadores, la presencia de este señor de la aldea es clave para entender la aparición de las religiones estructuradas: el animismo de las comunidades de cazadores y recolectores ya no servía para explicar las complejas relaciones del mundo sedentario y se hizo necesario desarrollar unos entramados ideológicos que explicasen la propia jerarquización y organización de las nuevas sociedades así como su relación con el entorno. El hecho de que muchos jefes de aldea acabasen convirtiéndose en sacerdotes máximos de las nuevas religiones corroboraría esta relación entre las nuevas jefaturas de grupo y las cada vez más complejas ideologías.