El teatro

Aunque a través de diferentes épocas y culturas el teatro ha conocido formas muy alejadas entre sí, todas ellas tienen un denominador común: la representación escénica. Es justamente el desarrollo de historias en una escena, frente a una audiencia y a través de una combinación de elementos diversos –un texto que organiza los diálogos entre personajes, representados por actores que se apoyan en gestos, música y una caracterización apoyada por el vestuario, máscaras o maquillaje–, lo que identifica al teatro como manifestación artística.

Si bien todos los elementos que integran el fenómeno teatral confluyen en la representación como fin último, es posible diferenciar qué se representa –por lo general, un texto destinado a la representación escénica– y cómo se lleva a cabo dicha representación –la manera en que, a través del trabajo de los actores, el director y apoyos diversos como el vestuario, la iluminación o la escenografía, se realiza la puesta en escena–. Por último, hay que tener en cuenta dónde transcurre el proceso de la representación. En el fenómeno teatral, esos qué, cómo y dónde mantienen una relación de recíproca dependencia. La palabra teatro, de hecho, puede designar también algunos de esos elementos de forma individual. Así, por ejemplo, se denomina teatro al género literario destinado a la representación escénica, cuyas características principales son la presencia de acotaciones que describen la representación misma y la importancia del diálogo como soporte mayoritario del texto. En una acepción distinta, la palabra se refiere al propio edificio donde tienen lugar la representación teatral u otro tipo de espectáculo público, como la ejecución musical o la danza.

Orígenes del teatro

Los orígenes del teatro, al menos del teatro tal como hoy se conoce, son difíciles de determinar. En sus inicios la representación escénica estuvo ligada a prácticas de carácter mágico o religioso, que evolucionaron desde la música y la danza en celebraciones rituales hasta las que se consideran las primeras formas dramáticas conocidas. Si bien ese proceso adoptó formas y ritmos diferentes en las distintas culturas, su desarrollo suele hallarse vinculado en todos los casos a elementos de carácter sagrado, mágico o mítico. En este sentido, juega un papel de suma importancia el culto a ciertas divinidades, por lo general asociadas a los ritos de fertilidad y al ciclo de las estaciones en el ámbito agrario. Los testimonios más antiguos se remontan al segundo milenio antes de Cristo: en el antiguo Egipto se representaban escenificaciones sobre la muerte y resurrección de Osiris, el dios de los muertos; más tardíamente, en el primer milenio antes de nuestra era, el gran poema épico indio Mahabharata atribuye la creación del teatro al dios Brahma.

En Occidente, los orígenes del teatro se remontan a la Grecia arcaica, donde se realizaban representaciones de la vida de los dioses. Los festivales en honor a uno de estos dioses, Dionisos, incluían escenificaciones sobre su vida, que se acompañaban con cantos y danzas de carácter ritual, llamadas ditirambos. Es difícil, sin embargo, determinar el momento exacto en que se pasó del rito litúrgico a la representación dramática. Los primeros testimonios sobre la existencia de actores y sobre la figura del coro, que en el teatro griego revistieron la mayor importancia, datan del siglo vi a.C. Fue, sin embargo, a partir del siglo v a.C. cuando cobraron cuerpo los primeros géneros dramáticos, la tragedia y la comedia, en la época de oro del teatro clásico. Con la introducción de un segundo actor en las piezas teatrales –el número de actores inicialmente estuvo limitado a uno solo– Esquilo sentó las bases del diálogo dramático, al tiempo que hacía cobrar al coro importancia escénica y desarrollaba elementos como el vestuario y los decorados. Con Sófocles aumentó a tres el número de actores en diálogo y se acabó de perfilar la unidad de la tragedia. El teatro clásico alcanzó la mayoría de edad con las obras de Eurípides, que fueron las primeras en desplazar el interés hacia la representación de la vida cotidiana y en sostenerse sobre conflictos que ya no dependían directamente del acervo mitológico griego.

A su vez, el teatro como espacio de representación surge en ese momento, con un esquema que, en sus líneas fundamentales, es el que se conserva hoy día: una zona dedicada al público y situada en torno al escenario, donde transcurre la pieza representada y que es la zona más visible. En la mayoría de las ciudades griegas se levantaron grandes teatros de piedra, que solían aprovechar alguna elevación del terreno para disponer en forma de semicírculo el escenario, llamado orquestra, de forma circular. La skené, escena, estaba destinada en su origen a que los actores se cambiaran. Frente a ella se levantaba el proscenio, una pared con columnas donde en ocasiones se colocaban fondos pintados que evocaban el lugar de la acción.

El teatro occidental hunde sus raíces en la Grecia clásica, donde autores como Esquilo, Sófocles, Eurípides o Aristófanes sentaron las bases de la tragedia y la comedia. En la imagen, representación de Edipo Rey, de Sófocles, en el Coliseo de Roma.

Si bien los teatros romanos fueron una continuación del modelo griego, introdujeron algunas particularidades: en vez de gradas a modo de anfiteatro, solían tener varias plantas y se construían en terreno plano. La orquestra quedó reducida a un semicírculo y los espectáculos transcurrían sobre una plataforma, la frons scenae, que se levantaba delante de la antigua skené. En el teatro romano ya estaban por tanto presentes los componentes esenciales del escenario moderno.

Los géneros teatrales

Dentro de la amplia clasificación de los géneros literarios, se puede encontrar el teatral o dramático. Los elementos comunes que hacen que se pueda hablar de género teatral en particular –distinguiéndolo así del resto de géneros literarios– son que estos textos han sido pensados para la representación escénica y que se articulan por medio del diálogo y otra serie de actitudes o movimientos. De igual manera, el género teatral consta de otros muchos géneros. Aunque aquí sólo se verán los principales –tragedia, comedia y drama–, es importante conocer que la gran riqueza de esta arte en particular se muestra además en otros modos de expresión teatral, como el paso, el entremés –con geniales muestras de Miguel de Cervantes–, los autos sacramentales –como los de Pedro Calderón de la Barca–, los misterios, el sainete o la loa.

Tragedia

La tragedia es la forma dramática cuyos personajes se ven enfrentados de manera inevitable contra el universo o los dioses, moviéndose siempre hacia un desenlace fatal por la fuerza ciega de la fatalidad. Las tragedias han de acabar forzosamente con la muerte o la locura del personaje principal, que es sacrificado así a esa fuerza que se le impone y contra la que su actitud ha supuesto un exceso o hybris.

La tragedia, que gozó de gran fama en el mundo grecorromano, es uno de los géneros clásicos del teatro. Aunque en la actualidad no se cultiva de la misma forma, muchos de sus elementos perviven en el teatro moderno. En la imagen, representación de Galileo Galilei, de Bertolt Brecht.

La tragedia nació como tal en Grecia con las obras de Tespis y Frínico, y se consolidó con Esquilo, Sófocles y Eurípides. La estructura de estas obras consistía en un prólogo que servía de anticipación; le seguía la entrada del coro y finalmente los episodios, que constituyen lo que hoy se conoce como actos y que representaban el cuerpo de la obra. Fue de hecho Grecia el punto culminante de la tragedia, ya que escasos vestigios restan de este género en la época romana. Tal y como aquí se entiende, la tragedia deja de ser un género habitual tras las obras de Séneca, y sus características se asemejan más al concepto de ópera actual. Por tanto, la tragedia no es sólo la griega, aunque ésta sea su máxima expresión, sino que perdura en el tiempo y la encontramos desde en los textos isabelinos de William Shakespeare hasta en el moderno teatro del distanciamiento de Bertolt Brecht o del absurdo de Samuel Beckett.

Comedia

La comedia es la forma dramática cuyos personajes se ven enfrentados a las dificultades de la vida cotidiana, movidos por sus propios defectos, y cuyos desenlaces hacen escarnio de la debilidad humana. La comedia busca provocar la risa del espectador, y emplea con frecuencia recursos humorísticos y el ingenio verbal. El efecto cómico se produce por una incongruencia en la acción o en el carácter de un personaje.

La estructura de la comedia griega difiere de la tragedia en que consta de dos partes. La primera consiste en un combate cuyo vencedor es quien representa las ideas del autor. La segunda consta de siete secciones agrupadas en cantos, discursos y periodos sin pausas. Las comedias romanas son una continuación lógica de las griegas. Según la prenda de los actores se distinguían en comedias paliatas (por el manto griego o palio) y comedias togadas (cuyo nombre viene dado por la toga romana). La temática griega era propia de la primera; en cambio, la segunda representaba las costumbres y los personajes más populares latinos.

Drama

El drama es un híbrido de diversos géneros. En Grecia, además de la tragedia y la comedia, existía el drama satírico. Éste –pese a su gran parecido con la tragedia– se caracterizaba porque tenía modos propios de representación, por la composición del coro y por la figura de los sátiros, quienes simbolizaban la naturaleza y las pasiones como el temor o la ironía. Es por tanto el drama satírico una tragedia amena, divertida, en cierto modo grotesca. Mucho después, ya en el romanticismo, el drama adopta una faz nueva; surge el drama histórico. Victor Hugo y Friedrich Schiller son dos buenos representantes de este género, que se caracteriza por el uso de la historia como fuente de los textos, unas veces como elemento principal de la acción, otras como trasfondo político.

Los componentes de la representación

Desde el teatro clásico griego, el autor dramático y el texto, previo a la representación e identificado con la figura del autor, han gozado de una relevancia singular en Occidente. No es posible olvidar que el texto dramático está pensado en función de la representación, y en esa medida la prevé y la antecede: la dependencia entre uno y otra es recíproca y puede darse en un sentido o en otro. Una obra dramática no se completa hasta que se ve representada, lo que implica la puesta en escena, y viceversa: la representación siempre lo es de algo –el texto, desarrollado en mayor o menor medida de forma independiente–, que sienta sus líneas y acota los límites de la libertad interpretativa. De hecho, lo que caracteriza a la escritura dramática es justamente la presencia de elementos formales que anteceden a la representación o están condicionados por ella: el diálogo, que permite el seguimiento directo de la acción y la caracterización de los personajes, y las anotaciones escénicas, esto es, breves descripciones dirigidas a encaminar de determinada manera cómo las acciones que tienen lugar en el texto se llevarán al escenario.

La importancia del texto ha sido muy discutida: si bien una obra de teatro pervive por lo general en su forma escrita, las formas teatrales que prescinden por completo de la palabra o la subordinan a elementos como la expresión corporal, la danza o la música han convivido siempre con la vertiente que concede la mayor importancia al texto dramático. Así, por ejemplo, tras la preeminencia que se daba en la antigüedad al autor, el concepto de autoría pierde todo su peso –al punto de casi diluirse– durante la Edad Media; a partir del Renacimiento se recupera la importancia, algo que va a mantenerse hasta el neoclasicismo y el primer teatro moderno, pero que pondrá en cuestión buena parte del teatro de las vanguardias, con la concepción del espectáculo como creación colectiva. En la actualidad, el autor y el director teatral se ven en un plano de igualdad, y, cada uno en su ámbito, gozan de la misma autoridad creativa; tanto es así que una misma palabra, dramaturgo, suele usarse indistintamente para referirse a uno o a otro.

La dirección escénica

En los periodos iniciales del arte teatral, el director y el autor solían coincidir en una misma persona; es el caso del teatro griego o, siglos después, del teatro isabelino. Durante la Edad Media no existía como tal la figura del director, sino que la responsabilidad de la puesta en escena estaba en manos del jefe de actores. Más adelante, en el Renacimiento y el Barroco, era el escenógrafo quien asumía en su mayor parte el papel de organizar el espectáculo. Los grandes actores fueron los primeros grandes directores en el neoclasicismo francés, pero tanto en este caso como en los anteriores el papel que desempeñaban se alejaba bastante de lo que se entiende hoy por director escénico, con funciones y atribuciones cuyos antecedentes hay que buscar en el naturalismo del siglo xix. Será a partir de entonces cuando se considere al director como creador pleno, en tanto la totalidad del espectáculo se ve como obra suya. En el teatro contemporáneo es el director quien organiza todos los elementos que intervienen en la representación, incluida en muchos casos la adaptación del texto mismo, y determina su sentido último a través de una amplia gama de decisiones formales: la duración y el ritmo del espectáculo, el estilo interpretativo, la escenografía y el vestuario.

La actuación

Ninguna definición del hecho teatral puede prescindir de la actuación, y esto la convierte probablemente en uno de los elementos constitutivos de la práctica escénica: puede prescindirse del autor y de la dirección, o incluso de la escena tradicional o de la escenografía, pero si hay actuación ante un público hay teatro.

En la Comedia del Arte, un conjunto de personajes básicos (como Pierrot, Polichinela, etc.) interpretaban de forma improvisada una historia o guión. En la imagen, uno de los personajes típicos de este tipo de comedia: Pierrot, según una pintura de Antoine Watteau.

La actuación y las técnicas interpretativas que la rigen han variado mucho a través del tiempo. Si bien en el teatro moderno predomina una orientación de corte naturalista, que intenta prestar verosimilitud al personaje y a sus acciones, ésta convive con diversas corrientes que ponen el acento en otros aspectos, como la gestualidad, la expresión corporal o determinados códigos expresivos simbólicos. Esa diversidad puede seguirse también históricamente: el teatro clásico privilegiaba la comunicación de las emociones con objeto de destacar el contenido de la obra, mientras que, por ejemplo, en la Comedia del Arte –una forma de teatro popular sobre un guión predefinido, donde la representación se basaba en una docena de personajes típicos– se favorecía la improvisación; la expresión de los sentimientos en escena, en un sentido más general, ha ido variando en una escala de muy diverso rango entre las diferentes escuelas interpretativas y momentos históricos.

La escenografía y el vestuario

Además de la actuación propiamente dicha, hay otros elementos que ayudan a crear la ilusión de realidad en la escena. Algunos atañen a los personajes y otros al escenario mismo. Así, la caracterización de los personajes se completa mediante el vestuario y el maquillaje, elementos a los que a veces se añaden las máscaras. El vestuario está ligado a la concepción escénica, y según las intenciones creativas del director se usa para subrayar unos u otros elementos. Su función es doble: distancia al actor del público, al mismo tiempo que aporta verosimilitud histórica o social a los personajes. En algunas épocas o lugares, el uso del vestuario ha estado muy codificado; así, por ejemplo, el color de las pelucas en el teatro romano indicaba la condición del personaje: una peluca roja señalaba a un esclavo, una blanca a un anciano, etc. El realismo y la tendencia a la precisión histórica serán la tónica predominante a partir del siglo xix. Además del vestuario, la caracterización –maquillaje, peluquería, postizos y máscaras– refuerza o completa la imagen del personaje en la escena.

El vestuario aporta elementos de referencia a los espectadores, tanto por su simbolismo como por su contribución al teatro entendido como espectáculo. En la imagen, actriz de una ópera china.

La escenografía, en cambio, se ocupa del entorno en que se desarrolla la acción dramática. Comprende tanto el decorado de la escena como la iluminación o la maquinaria escénica –zonas móviles en el escenario, pirotecnia, efectos visuales como humo o nieve, etc.–. Como ocurre con la actuación, hay dos tendencias opuestas en la escenografía: la representación naturalista de los lugares donde transcurre la acción o, al contrario, la expresión de estados de ánimo o conceptos abstractos ligados al conflicto dramático o asociados a los personajes.

Ya en el teatro clásico griego se hizo abundante uso de la escenografía, incluyendo maquinaria escénica (telones, plataformas móviles, escotillas y escaleras), por lo general destinada a apoyar la aparición de dioses o elementos sobrenaturales. Esta función continuó en el teatro medieval con complicados artilugios escenográficos para la escenificación de dramas religiosos. El Renacimiento trajo consigo la técnica –que se mantuvo hasta el Barroco y que heredó el teatro inglés– de pintar el decorado en perspectiva sobre un telón de fondo. En el siglo xix la tendencia realista general condujo a la inclusión de objetos reales en el escenario, algo habitual en el teatro contemporáneo, que también heredó la tendencia opuesta, esto es, la de crear un espacio que reprodujera gráficamente el sentido o las intenciones de la obra.

¿Dónde se representa?

El lugar donde transcurre la representación ha cambiado mucho a lo largo del tiempo. Ahora bien, hay unas líneas generales comunes al espacio escénico: todas sus variantes, por ejemplo, se articulan en una zona destinada a la representación –el escenario– y otra para los espectadores. Cada una de ellas, a su vez, consta de partes distintas.

Actualmente son tres las tipologías de escenas en uso. La más tradicional es el proscenio, también llamado escena cerrada o a la italiana. Aquí el escenario se ubica en el espacio situado entre el telón de foro, ubicado al fondo, y el llamado telón de boca o cortina, que representa la cuarta pared del espacio escénico. La abertura del escenario es la embocadura, también llamada boca o bocaescena. Los bastidores se sitúan en los flancos del escenario, y se usan para la entrada y salida de los actores; lo que ocurre «entre bastidores» es lo que el público no ve, y por eso la expresión sirve para designar metafóricamente aquello que está oculto o que ocurre fuera de la vista de la mayoría. Sobre el escenario está el llamado telar o peine, donde se colocan las vigas con los focos, los telones y las bambalinas, unas franjas de tela que tapan las barras de los decorados y de los focos. Los camerinos, situados detrás del escenario o en los bastidores, sirven para que los actores puedan cambiarse y maquillarse. El foso, por último, es el espacio que media entre la primera fila de butacas y el escenario. En este tipo de teatro la acción se desarrolla frente al público.

El teatro puede representarse en diferentes tipos de escenarios: en anfiteatros de forma circular (teatro de Verona), en la escena a la italiana (Corral de Comedias, de Almagro, España) o incluso en la propia calle, escenario puesto de moda por los teatros vanguardistas (festival alternativo The Fringe, en Edimburgo).

El teatro puede representarse en diferentes tipos de escenarios: en anfiteatros de forma circular (teatro de Verona), en la escena a la italiana (Corral de Comedias, de Almagro, España) o incluso en la propia calle, escenario puesto de moda por los teatros vanguardistas (festival alternativo The Fringe, en Edimburgo).

El teatro puede representarse en diferentes tipos de escenarios: en anfiteatros de forma circular (teatro de Verona), en la escena a la italiana (Corral de Comedias, de Almagro, España) o incluso en la propia calle, escenario puesto de moda por los teatros vanguardistas (festival alternativo The Fringe, en Edimburgo).

En la escena abierta, en cambio, el público rodea por tres lados el escenario, que adopta la forma circular de los teatros griegos o romanos. A veces la escena abierta incluye un proscenio, de modo que una parte de la acción tiene lugar delante del telón y otra detrás. Este tipo de escena, que tiene sus precedentes más antiguos en el teatro griego y medieval, fue con ligeras variaciones la del teatro isabelino inglés, donde el escenario se encontraba sobre una plataforma situada ante un muro y frente a un patio, con galerías donde se distribuía el público y que en ocasiones utilizaban los actores y músicos.

En el teatro circular, por último, también llamado arena o escena central, el público rodea totalmente el lugar de la representación, que se desarrolla en el suelo en el centro del espacio. Este tipo de escena ha sido recuperada en el siglo xx sobre todo por los movimientos de vanguardia, con vistas a estimular la participación del público. Las vanguardias también han experimentado con la escenificación en lugares reales, reivindicando así el carácter popular y ritual del teatro, y asociándolo a veces a determinadas propuestas ideológicas, como las representaciones de textos marxistas que Erwin Piscator trasladó a las plantas industriales.

El público

Además de la actuación, otro de los componentes que definen el teatro es la presencia del público, esto es, del conjunto de personas que siguen la representación como espectadores. El grado de participación del público puede variar: puede ir desde el de espectador pasivo hasta aquellos casos donde la obra representada reclama, de una manera u otra, su participación activa. Por lo general se establece una interacción, por mínima que ésta sea, entre el público y la obra que contempla: los aplausos o las exclamaciones de aprobación no son sino una forma más de esa interacción.